Y así con la comedia humana

Fueron un golazo, primero, y más tarde una sensación. En 1994 Bobby y Peter Farrelly, guionistas y directores, hicieron de la incorrección y el humor de camarín un taquillazo internacional de US$ 250 millones (Una pareja de idiotas, con Jim Carrey y Jeff Daniels). Cuatro años después, Loco por Mary los consagró como padres de la trash comedy, provistos de desparpajo, fluido corporal, genitalia o escatalogía según requiera la ocasión. Y repitieron la gracia en Irene, yo y mi otro yo, con Carrey al mando otra vez del buque.

Pero con los años asomó un malentendido. Las siguientes películas de los Farrelly -incluyendo Amor en juego, que no nos llegó- se siguen publicitando como obra de los creadores de los éxitos ya señalados. Y el público mayoritariamente juvenil o eternamente teenager al que se ha extendido invitación, ha parecido acusar publicidad engañosa. Ya con Amor ciego (2001), estos hermanos de Rhode Island empezaron a beber despreocupadamente de la tradición clásica de Hollywood, con todo lo que ella puede aportar en subversión y acidez. Algo semejante pasó con los creativos asociados a la “factoría” de Judd Apatow (Virgen a los 40, Ligeramente embarazada), pero mientras estos últimos han sido cáusticos y vulgares sin olvidar su corazoncito ni el calce narrativo perfecto, los Farrelly han venido cultivando un tono de amarga mordacidad que convive problemáticamente con la explosión de comedia que siguen ofreciendo. Si se tiene de protagonista en Amor ciego a un personaje que ve sistemáticamente a su robusta polola como a una Miss Universo, entonces hay un problema con los límites de realidad y fantasía que uno no tendría por qué asumir como observador. Y ahí donde Apatow abandona la partuza fílmica y se manda una lección moral en serio, los Farrelly aplican un cortapalos conductual que apenas oculta una mirada severa, casi rabiosa, al mundo adulto y sus instituciones.

Ahora llega Pase libre, que incluye algunas de las escenas más desopilantemente graciosas que este redactor haya visto en largo rato. Pero que también es un retablo desolado del matrimonio como tampoco se estila mucho. Al confluir, estos mundos se estrellan bastante más de lo que se integran y generan un tono que va de la excitación a la incomodidad, lo que en un género de reglas predefinidas es toda una rareza si es que no un acto suicida.

Como tiene que ser, la película instala desde el primer minuto sus premisas. Dos de los tres hijos de Rick (Owen Wilson) miran junto a papá una foto de cuando él era joven y musculoso, y de cuando mamá (Jenna Fischer) era una belleza que hoy los niños no consiguen reconocer. Lo que sigue es una implacable disección de los mecanismos de la vida conyugal en la cuarentena, partiendo por la indignación de la esposa de Rick cuando este mira la retaguardia de una mujer mientras ambos caminan por la calle. ¿Cuándo va a parar esta obsesión sexual adolescente?, le pregunta ella, ya bastante mosqueada. Y la única solución que encuentra, sugerida por una terapeuta progre, es darle al marido un “pase libre”: que durante una semana haga de cuenta que no está casado y que después la vida continúe. Si es cierto lo que ella cree, Rick y su amigo Fred (Jason Sudeikis) son como gatitos nuevos que arañan desesperadamente una puerta para salir al mundo, pero que cuando se las abran, no sabrán qué hacer.

La fantasía que pone la película sobre la mesa (darle al jovencito ansioso que vive en el cuarentón frustrado una temporada de libertad impune) despierta, y era que no, el apetito de juerga que deparan productos como ¿Qué pasó ayer? Y si bien hay de eso, hay también un discurso que visita territorios fílmica y políticamente conservadores para dejar asentado que un final feliz todo lo redondea. Error: el cinismo del macho sobreviviente que evita traicionar a su familia al tiempo que saca “fotos mentales” de chicas hot para recuperarlas onanísticamente, está dirigiendo las cosas hacia un lugar más oscuro. Y probablemente menos gracioso.

Que desde Keaton y Chaplin la mejor comedia gringa haya sido tramposa, indomable, acusadora y multipropósito, es cuestión más o menos aceptada. Que retablos amargamente despiadados como este tengan esos rasgos, no necesariamente los encaramara a lo alto. Pero al menos los ayuda a hacer reír y sufrir con temas de su tiempo. Y eso algo vale.