Vías paralelas

Se puede decir que es por las películas equivocadas, aunque así visto el asunto pierde la gracia. El caso es que cuatro esenciales de los 70, compatriotas entre sí, están entre los nueve cineastas cuyas películas van por la estatuilla principal del 26 de febrero: Martin Scorsese (Hugo), Steven Spielberg (Caballo de guerra), Terrence Malick (El árbol de la vida) y Woody Allen (Medianoche en París).

De los dos últimos se entiende que no tienen la menor chance de ganar y que el reconocimiento consistió en nominarlos: a Allen, acaso por recaudar lo que nunca en EE.UU. (ni cuando ganó el Oscar con Annie Hall). A Malick, entre otras cosas, por haber andado derechito después de triunfar en Cannes, lo que probaría que no importa cuán delirante o anómica sea una película, o que su tema sea la historia de la vida en la Tierra y el sentido del amor: prestigio, más premios, más críticas desatadas, pueden lograr lo que se requiere.

Y quedan las dos que acaban de estrenarse: la de Scorsese, la más nominada, y la de Spielberg, que va de comparsa (tanto así, que su realizador no está siquiera en la nómina de directores). Ambas dirigidas por “mosqueteros” del Nuevo Hollywood. Ambas pasando a integrar trayectorias reconocidas y divergentes, que esta vez se emparentan en su perfil familiar/sentimental y dialogan, en paralelo, con el pasado: ambas se ambientan en distintos momentos del primer tercio del siglo XX. A la sombra de la I Guerra Mundial, la guerra que acabaría con todas las guerras.

Basado en el libro multiformato La invención de Hugo Cabret, Scorsese incorporó un protagonista infantil inédito en su carrera. También un ítem característico de sus documentales, pero no de su ficción: el tributo desembozado a algún maestro del celuloide; en este caso, al pionero fantástico Georges Méliès. Y su acercamiento a la historia es dual. Por un lado, problematiza la presencia del autómata, el prodigio tecnológico que lleva al protagonista a verse, en una pesadilla, como un ser mecánico (mientras el cine vendría a ser otro prodigio, tanto o más benigno y formidable). Por otro, pinta un paisaje humano que parece hecho a la medida de las nostalgias o de las elaboraciones extratemporales con vocación turística: la Gare du Nord parisina encapsula un tiempo ido y anhelado, donde los engranajes de las máquinas de medir el tiempo funcionan como aquellos que posibilitan las relaciones entre los personajes.

Es posible que el tic de buscar a un Scorsese más rudo, más antiheroico, más complejo o alejado de las lágrimas y los finales felices distraiga del acto de encarar el carácter necesariamente edificante de una cinta así de patrimonial. Una cuyos efectos inmediatos pueden medirse en la cantidad de arriendos o descargas de películas mudas, por ejemplo. O en una puesta al día del canon en su versión silente.

¿Y qué decir del “viejo Spielberg” visible en Caballo de guerra? Que por lo pronto posterga a ese más contemporáneo, adulto y descreído que asomó entre Sentencia previa y Munich. Pero que tampoco es el “Cecil B. Despielberg” de Indiana Jones IV o de Las aventuras de Tintín. Ni el cineasta-historiador de Amistad, uno de sus filmes más logrados, elaborados e ignorados.

En la vena de David Lean y John Ford se despacha una película que, puntos más, puntos menos, pudo haberse rodado hace 60 años: cándida, pro familia, lacrimógena, exploradora rigurosa de la inocencia. Y cuya política narrativa, de planos que establecen una geografía, de montaje sencillo y funcional a un ritmo sin pausas, obedece a un clasicismo que no se ve mucho. Y que quizá por eso se nota más.

El mar de fondo es la guerra, pero no la guerra ejemplarizadora de Rescatando al soldado Ryanni la autobiográfica de El imperio del sol. Es un conflicto con menos lógica, un poco fuera de la historia. Acaso porque el protagonista es un equino que, en esto de expresar una inocencia victimizada y atemporal, está más cerca del burro sufriente de Al azar, Baltazar que de los caballos, perros y chanchos que ofrece la factoría hollywoodense. En el viejo espíritu del “yo quiero que ustedes me quieran”, Spielberg se sirve de sus legendarias dotes de narrador para convocar sin excluir. Scorsese hizo algo semejante y en apariencia le fue mejor. Pero anduvieron cerca el uno del otro. No pasa seguido ni debiera volver a pasar muy luego.