Trozos de vida, trozos de pastel

En un mundo razonablemente feliz, los trailers previos a una función de Ulises anunciarían los estrenos de cintas geográfica, estilística o espiritualmente afines: lo nuevo de Celina Murga, de Torres Leiva o Andrew Bujalski. En el mundo de hace una década, en un múltiplex como el de La Reina, aparecieron por lo demás Rohmer, Bertolucci y Kiarostami, aparte de ejemplares latigudos de arte y ensayo. Pero el último miércoles, en el lugar señalado, la previa de la ópera prima de Oscar Godoy incluyó dos estrenos no muy afines: Malas enseñanzas (comedia maldadosa) y Sin límites (thriller sobre una droga perfecta).

Se podría argüir que de la estirpe de Ulises no hay mucho para anunciar en salas comerciales. O bien, que las cosas no están para andar formando públicos a la hora de las sinopsis. El caso es que uno fue a ver una película reposada y contemplativa y se encontró, antes de partir, con highlights de humor, sexo y acción desfilando a mil por hora.

Y lo que me pareció ver ahí fue el choque “por alcance” entre dos mundos divorciados, acaso hoy más que nunca. De un lado, está el que reposa en un objetivismo basado en una cámara tranquila y una edición cautelosa, asociables ambos a una definición de los fragmentos de la película como “trozos de vida”, como enunciados directos del mundo y hasta como parcelas autovalentes. Un realismo como el que elogiaba el crítico André Bazin, que por su transparencia no pasa de moda, pero al que le cuesta hoy convocar fuera del ámbito festivalero.

Del otro, está el que se llena de efectos, visuales o argumentales, que normalmente se edita con frenesí y que mal podría detenerse a mirar lo que les pasa a los personajes que ha puesto ante nuestros ojos, cuando suele ser la norma que el asunto ya esté predefinido. Buena parte de este cine, con argumentos no muy nobles la mayoría de las veces, suscribiría lo que dijo Hitchcock: “Algunos filman trozos de vida, yo filmo trozos de pastel”.

Se ha dicho ya que la distancia entre estos dos mundos es cada vez más larga y desértica, lo que a su vez alimenta variados lugares comunes. Como, por ejemplo, que no es en la sala de cine donde veremos lo mejor de lo que se produce actualmente, acaso para solaz de quienes abogan por una cinefilia plena y lujuriosa, aunque escondida e individual. O que, sencillamente, hay algo en el ritmo y la lógica fundacional de cierto cine de nuevo cuño que puede acá convertir al espectador promedio en un adicto con síntomas de privación.

Hay de esto en películas chilenas recientes. Por de pronto en Ulises, diario de un extranjero ilegal en Chile: un hombre que vive las pellejerías de muchos acá y en otros lados, dándonos la cinta el tiempo de hurgar en los entresijos de un día a día que hasta el amor incluye en su agenda (eso sí, a la manera parca y tristona de su personaje central). También se da en otros estrenos chilenos recientes. Metro cuadrado, de Nayra Ilic, no abandona el departamento céntrico de su pareja protagónica, exponiendo los malentendidos y subentendidos de una crisis que no osa decir su nombre. En tanto Lucía, de Niles Atallah, aborda parsimoniosamente el presente vegetativo de un ex militante, el pasado poco bullante de su hija costurera y la vigencia de los fantasmas dictatoriales.

Es cierto que las tres cintas tributan al guionismo becado en festivales. Pero, ojo, que no falta cariño a los personajes ni valiosas políticas de acercamiento a ellos o al mundo en que habitan. El punto es que “los trozos de vida” ofrecidos instalan la ambigüedad originaria de la imagen en movimiento, donde el espectador debe, al menos, decidir qué mira al interior de un plano y empatizar por esta vía.

Puede que, así las cosas, el grueso del público prefiera no jugar el juego y pedir más suero narrativo que tiempo muerto, y más evidencia emocional que afectos sugeridos. Está, por lo demás, en su derecho de extrañar una comunicación más expedita con lo visto y hasta de evocar otra máxima hitchcockiana: el drama es como la vida, pero sin las partes fomes.

Nada de lo anterior, sin embargo, quita que el desarraigo, la incomprensión o la impotencia tengan mil formas de expresarse, que a veces prenden y a veces no. Y cuando prenden, los trozos de vida valen tanto o más que los de pastel.