Tóquenla de nuevo

Hay algo esencialmente inconcluso -y eventualmente frustrante en escribir del audiovisual, cuyo medio de expresión no es el que uno está ocupando para abordarlo. Otro tanto hay con la música, que tampoco puede ser mostrada al lector. Pero parece que lo peor que puede pasar, doble frustración, es encarar la música para las películas. Así y todo, el próximo miércoles habrá tremendas razones para pensar en los soundtracks, en las cintas que habitan y en quienes los crearon.

Este 29 se cumplen 100 años del nacimiento de Bernard Herrmann. Neoyorquino de padres judío-rusos, la primera banda sonora que creó fue para Ciudadano Kane y la última para Taxi driver. En medio, se asoció en ocho películas con Alfred Hitchcock. Un tipo perfeccionista, iluminado, obsesivo y muchas veces insoportable y autodestructivo, según cuenta Steve Smith en la biografía Un corazón en el centro de las llamas. Pero pocos lo ubican así nomás, de nombre, aunque millones han entrado alguna vez a la ducha recordando los cuchillazos de Psicosis. Y eso se lo deben, en altísima medida, a Bernard Herrmann.

Como contrapartida, sin embargo, la estrecha asociación de su nombre al cine y la TV frustró sus esperanzas y contaminó su prestigio. Se quiso un músico, compositor y director orquestal serio, y de hecho fue uno de los artistas originales y dotados del siglo. Pero sus pares miraron feo a un “colega” instalado en Hollywood, para comenzar. Adicionalmente, nunca cumplió el sueño de estrenar una ópera y tampoco consiguió que una orquesta de peso le solicitara dirigirla.

A los 20 años había formado su propia orquesta, tras lo cual entró a la radio, llegando a convertirse en director de la orquesta de la CBS. Era el tipo encargado de seleccionar la música que los estadounidenses oían antes de que la TV estableciera su dominio, incorporando una serie de compositores europeos desconocidos para el público. También componía sinfonías para la radio y otros fines.

En la CBS conoció a Orson Welles, dirigiendo más tarde la música para la bullada transmisión de La guerra de los mundos (1938). Y con Welles se fue metiendo al cine vía Kane y Los magníficos Amberson. En medio de ambas ganó el Oscar por El hombre que vendió su alma (1942).

Herrmann definitivamente era de otra escuela, comparado con los compositores que hacían nata esos años: los Max Steiner o los Franz Waxman, que solían componer complacientes melodías que gobernaban los relatos como motivos recurrentes y que acompañaban voluntariosamente la aparición del villano de la película con “música de maldad”. Herrmann era capaz de crear y repetir porfiadamente frases de apenas cuatro notas, que en su simpleza y mínimas variaciones eran –y son- capaces de envolver al espectador sin que haga falta más. Conseguía dar nuevas dimensiones a los filmes con creaciones fragmentadas, cuyos énfasis estaban en la creación de ambientes y de un mundo propio para los personajes.

Quienes trabajaron con él destacan la minuciosidad con que explotó el timbre de cada instrumento. Un caso evidente son las cuerdas en staccato que coronan la violencia en Psicosis, pero también el uso del extravagante theremin en El día que la Tierra se detuvo. En tiempos en que las musicalizaciones orquestadas podían ser tremendos hits, la de esta última dejó a muchos marcando ocupado, pero no se pudo editar… duraba lo que la película requería y eso se consideró muy poco.

Su sello más reconocible y perdurable, eso sí, está en el cine de Hitchcock. Al decir de Donald Spoto, biógrafo de este último, ambos artistas compartían “un sentido trágico y oscuro de la vida, una mirada siniestra a las relaciones humanas y una compulsión por explorar estéticamente el mundo privado de las fantasías románticas”. Todo esto se conjuga providencialmente en Vértigo, la película que Hitchcock amó y luego odió por no haber tenido éxito, pero cuyo flirteo con la muerte tuvo un contrapunto musical de los que erizan la piel desde el arranque.

Hay quien dice que una banda sonora orquestal, despegada de la película para la cual se compuso, es un globo que anda por ahí, sin destino ni origen. Escuchar a Herrmann y sólo escucharlo, por ejemplo con su introducción a Intriga internacional (1959), desmiente lo anterior. En la película, es cierto, hace subir la adrenalina y la curiosidad. Fuera de ella, es un fandango gozoso, de los que uno no se cansa de tararear en la calle. Larga vida a Bernard Herrmann.