Ramillete de Violetas

La mujer ha estado recorriendo cerros y planicies polvorientos junto a un hijo que se espanta cuando se hace la muerta tras dejarse caer livianamente al suelo. Andan un poco perdidos, pero ella le dice al pequeño Angel que “el que busca siempre encuentra”. Y siguen, hasta llegar a una casa en medio de ninguna parte. Una vez ahí la mujer se le presenta al sorprendido morador y, de paso, al espectador: “Me llamo Violeta Parra”.

No será la última vez que Violeta se fue a los cielos, la nueva película de Andrés Wood, presente a la legendaria cantora, compositora y artesana a través de los modos en que ella misma se definió. O, más bien, de las formas en que cada gesto, afirmación o discurso suyos tienden a alimentar la construcción de una identidad esquiva, contradictoria y descolocadora.

La idea de que hay tantas Violetas en Violeta ha sido desarrollada en buena parte de la literatura acerca de su vida y obra. Y ahora que llegó la película, basada en el libro homónimo de Angel Parra, la primera buena noticia es que el cerro de contradicciones de las que estuvo hecho el personaje se hacen visibles, lo que desde el arranque da la posibilidad a la protagonista (encarnada por Francisca Gavilán más allá de lo verosímil) de orquestar una ambigüedad que se agradece. Lo que sigue, sin embargo, son unas preguntas atendibles: ¿se estará “nerudizando” a Violeta? ¿Será eso posible?

Hace unos años Raúl Ruiz expresaba, en medio de una campaña de TVN que lo presentaba como el mayor cineasta chileno de la historia, cierta resignación ante el hecho de verse “nerudizado”, fruto de homenajes que extravían la sustancia en beneficio del monumento. Con la autora de Volver a los 17 el proceso ha corrido por un sendero propio, dominando el espacio lana de la cultura local, alimentando cierta sensibilidad zurda y prestando ropa a la creación musical chilena en casi todo su rango. Pero faltaba, parece, un grado más transversal de canonización, o al menos el intento de ofrecerle una Violeta a cada quien; que cada uno vaya al cine a encontrarse con su Violeta.

La promoción del filme la presenta como “la primera emprendedora”, “la primera rockera”, “la mujer más original de la historia de Chile” y otra afirmaciones impensables tras los días de su muerte, en 1967. Y la película, cual biopic de una estrella excesiva, es pródiga en pequeños instantes y momentos decisivos en que la protagonista tuerce las normas o desafía lo esperable: cuando se reinventa yendo a investigar la tradición campesina; cuando aconseja a los jóvenes gritar en vez de cantar; cuando pone en su lugar a un “pije relamido” que la manda a comer a la cocina del Club de la Unión; cuando increpa a un empleado de su carpa en La Reina (“aquí yo mando, jetón”); cuando algún capricho o gesto de “autenticidad” cambia sus planes y los del resto; cuando, una y otra vez, se ampara en la tradición oral y en su autoeducación para decir y argumentar.

La película, segurizada por la mirada retrospectiva, apunta a contener y fusionar a las distintas Violetas, sin que esto garantice que su propio punto de vista no se difumine. También recicla ese lado sucio y tarriento de una creadora cuyas grabaciones originales no se oyen en el soundtrack del largometraje (se optó por un registro menos precario y punkie que el de los Cantos campesinos o el de las notables Composiciones para guitarra), como en una tentativa de enrielar a la indomable.

Algo en esta línea pasa en la primera parte, al final de una presentación en un campamento minero, cuando Violeta se pone a tocar el bombo y a cantar Arriba quemando el sol. Como si no bastara con la sola mujer, con su voz desgarrada y con su instrumento de percusión, se agrega en off una sección de cuerdas y otros acompañamientos, de modo de hacer la cosa más sinfónica, acaso más solemne y monumental. El ramillete de Violetas ya se ha dispuesto, pero ciertos acentos serán más visibles -y audibles- que otros.