¿Qué era el cine?

Es un hecho incontrarrestable que tenemos ya implantada en nuestro país una cinematografía nacional”, decía la nota en su arranque. Y agregaba que esto “debe hacernos meditar un poco, a fin de que este esfuerzo inicial no vaya al descalabro o al fracaso definitivo”.

¿Cuántas veces, en la historia local de las imágenes en movimiento, algún periodista, reseñador o publicista habrá vertido su entusiasmo a través de afirmaciones semejantes? La que aquí se rescata, y que habla de un “hecho halagador para nuestros sentimientos nacionalistas”, es de marzo de 1926 y apareció en una publicación llamada Pantalla y Bambalinas, la misma donde un par de meses antes, visto el éxito de filmes como Juro no volver a amar y El húsar de la muerte, se afirmaba que “el año 25 podrá llamarse el año de la cinematografía chilena”.

Puestas las cosas en perspectiva, lo anterior puede vincularse a eso que afirmaba en los 60 el crítico Hans Ehrmann: que el cine chileno es un niño que ha nacido muchas veces, pero que nunca logra crecer. Pero si los textos citados, olvidados como estaban, son rescatados y reproducidos en el amplísimo contexto de un compilado que reúne y problematiza las dimensiones a las que da pie el fenómeno fílmico (artística, tecnológica, comunicacional, industrial, sociopolítica, etc.), entonces son otras las lecturas posibles. Otras las escalas y las perspectivas. Y así Pantalla y Bambalinas asoma en el siglo XXI como parte de una rica trama de significados, donde se hermana con Zig-Zag, Pacífico Magazine y Sucesos; con poemas y sesudos ensayos; con piezas de académicos, comentaristas, novelistas y poetas; con miradas a los usos, funcionalidades y parentescos de un lenguaje en su etapa juvenil.

El compilado antedicho es un grueso volumen de reciente aparición en librerías: Archivos i letrados. Escritos sobre cine en Chile: 1908-1940 (Cuarto Propio). Editado por Wolfgang Bongers, María José Torrealba y Ximena Vergara, el libro reconoce la labor pionera de textos como Cine mudo chileno, de Eliana Jara, y El cine chileno. Crónica en tres tiempos, de Jacqueline Mouesca. Pero su metodología, su alcance y su aliento son otros. También sus apetitos teóricos –que no han de abrumar al lego, si éste así no lo quiere- y su ánimo desmitificador.

¿Cómo se entendió localmente el cine en sus primeras décadas? Algunos creyeron en un medio al servicio de la divulgación científica. Otros en un notable “aparato civilizador” o en el mejor profesor de historia imaginable. También hubo quienes vieron en él una “prostitución del arte”, un pervertidor de jovencitas y, aunque menos que en otras latitudes, un gatillador de la delincuencia. Algunos exploraron el análisis fílmico con las herramientas conceptuales que tenían a mano y otros anticiparon el impresionismo que Raúl Ruiz etiquetaría como “gastronómico” (el de las películas “pesadas” o “desabridas”). Para todos los efectos, la nueva tecnología fue un formidable vehículo de la modernidad, que entrañó una tensión nunca resuelta del todo entre los ánimos cosmopolitas de ciertos grupos y un nacionalismo promovido desde el propio Estado. Que penetró la vida de un país de formas dinámicas y variadas.

Con apoyo de publicaciones seminales y poco difundidas entre nosotros -como Tradición y modernidad en el cine de América Latina, de Paulo Antonio Paranaguá-, el libro clava sus banderas y marcas sus puntos. Pero sobre todo ilumina selectivamente la lectura de una época por la vía de sumergirnos en sus imaginarios, sus jerarquías y sus cosmovisiones. Difícil obviar, llegados acá, el texto/poema de Huidobro sobre el genio artístico de Chaplin; la predicción de Ecran en cuanto a que Greta Garbo caería en el olvido y Francesca Bertini sería inmortal; el uso común de seudónimos en los comentaristas; las jergas normativa, elegíaca o moralista que perderían terreno con el pasar de las décadas. Y al cierre del volumen -que pide a gritos un glosario- figura un set de imágenes que son para mirar, para ver y para recorrer. El objeto es lejano, pero nunca había estado tan cerca.