Ponerle

Opacado el ambiente del cine local por las recientes cifras de asistencia a multisalas, las más discretas de la última década, dos películas chilenas se estrenaron en abril con siete días de diferencia. Una se desplegó masivamente con 52 copias, siendo la primera incursión local en las “películas de desastres” y cargando la responsabilidad de abordar la catástrofe del 27F. La otra, Piotr, de perfil personal e independiente, ya había dado que hablar en el Bafici y el Sanfic, y ahora daría la pelea en el Centro Alameda y sólo ahí.

Conforme se ha venido presentando la pista para los estrenos locales, de Post mortem a El limpiapiscinas, 03:34. Terremoto en Chile no la tenía fácil. Pero hubo fe, como prueba la enorme inversión para arrancar con hartas copias en 35 mm. y romperla el primer fin de semana, que otra no hay si se quiere retribución a lo invertido llegando en todo Chile a un público masivo. Y el solo hecho de que, tras dos semanas en cartelera, el debut de Juan Pablo Ternicier haya reunido más espectadores que el mejor estreno local de 2010 –Ojos rojos– sirve para repasar ideas recibidas que han cobrado fuerza (que la producción chilena no debería quemar sus naves en la contienda desigual de los multiplex, que ante precios prohibitivos mejor buscar alternativas, que el tipo de cine que hoy convoca se hace mejor en otras latitudes, etc.). También para hacer historia en el sentido épico de la expresión: la cantidad de catástrofes –naturales y de las otras- registradas en Chile antes y después de la llegada del cine, no había sido hasta ahora tema para el largometraje de ficción, mientras el documental, por el contrario, se ha hecho cargo desde El terremoto de Chillán, de 1939, a Tres semanas después y Mauchos, sobre el 27F.

Ahora que viene una película sobre el tema gracias al director de Navidad y una gringa a cargo de Eli Roth (Hostal), cabe ponderar qué ha aportado 03:34 a la cartelera, al panorama fílmico local, incluso al modo en que cientos de miles de chilenos interpretarán y recordarán un trauma colectivo. Y concluir que no ha sido poco.

Se ha dicho que se farrea un poco el terremoto en términos de proporciones. Que, cuando parecía que iba hacerlo, evita terminar con una panorámica de la tragedia; que le faltaron escenas para decir más de los personajes y sus circunstancias. Y podría agregarse el dejo castrador, punitivo y aleccionante de un guión donde todos pagan, de arriba y de abajo, menos un meritócrata mamón de ética intachable, que para más termina quedándose con la chica de la película.

Pero hay para agradecer. Lo primero, la asertividad y la concisión a la hora de comunicar: de promocionarse en la vía pública a través de una pregunta insoslayable –“¿Dónde estabas?”- asociada a la hora en que todos sabemos y sabremos en qué estábamos. Luego, en la pantalla, de ejecutar un relato que fluye sin dificultad conectando historias, dibujando con eficacia los trazos que hacen la diferencia entre un personaje y su maqueta, usando en propio beneficio un suspenso que venía gratis y unas imágenes que había visto todo el mundo. Y agregando, por último, una violencia verbal que en boca de Roberto Farías (“¿Tenís mucho corazón, feo culiao?”) vence, convence y genera boca en boca.

Es todo lo mencionado, y unas cosas más, lo que ayuda a explicar un éxito como este. No sólo el sentido de la oportunidad, que por sí mismo nada garantiza aunque igual ayude. Años atrás, en un panel de TV, alguien dijo que historias como la de Una tormenta perfecta han ocurrido mil veces en bahías y muelles chilenos. Que hay que ir a rescatarlas. Ninguna, por razones atendibles, producirá la empatía de esta, pero esa no es disculpa para no intrusear por ese lado.

Piotr, finalmente y para volver al comienzo, pudo quizá haber invertido en el trapaso a 35 mm. para durar un suspiro en salas, convocar a un piño de enterados y convertir al Normandie, a la Cineteca Nacional o al Alameda en premios de consuelo (un poco como Alicia en el país o El cielo, la tierra y la lluvia). Por eso esta película insólita, hablada mayoritariamente en navcrovés –“idioma” inventado por su realizador, Martín Seeger-, prefirió ir a una sala off que ya exhibe en el sistema digital 2K, entregando colores, brillo y contrastes satisfactorios. Ahí podrá estar durante semanas, quizá meses. Y puede que no llegue a los siete mil y tantos espectadores de Te creís la más linda…, pero lucirá vistosa en una marquesina de la principal arteria de Santiago (los turistas también van al cine). Que incorpore un humor que desconcierta o que su mirada se revele por momentos cáustica y penetrante es, ante todo, evidencia de que algo la emparenta con 03:34: las dos están haciendo sus respectivas pegas. Poniéndole donde hay que ponerle.