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Valdivia tiene festival
 
 
Publicado el 16 de octubre de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
La cinefilia de hoy es una experiencia privatizada de visionado individual. Pero subsiste ese espacio colectivo en que comparecen películas que se aplauden, se descueran y se discuten, informando de nuevos rumbos o planteando el rescate de cinematografías consideradas relevantes, por lo general más amigas de la observación que del entertainment.

Eso es al menos lo que suele pasar en Valdivia, que une a su perfil independiente y conectado los atractivos de una ciudad fluvial. Con 16 secciones y 190 filmes, entre cortos y largometrajes, nadie aspiraría a verlo todo, pero hasta un recorrido acotado resulta iluminador.
 Y en esta línea se hace inesquivable la oferta de la competencia internacional donde resaltó, por de pronto, Play, del sueco Ruben Östlund. Ambientada en Gotemburgo, la cinta sigue a unos muchachos de entre 12 y 14 años que roban celulares a chicos menores. Y para espanto de los biempensantes, estos adolescentes son de raza negra y no es trabajo de la película redimirlos a priori: lo que sí hace es instalar una problemática que atraviesa fronteras y que se ofrece con rigor.

En otra tecla se instala la última ganadora de Locarno, Abrir puertas y ventanas. Opera prima de la argentina Milagros Mumenthaler, sus protagonistas son tres jóvenes hermanas que viven en una casa más bien antigua de Buenos Aires. Puertas adentro, la cinta firma un particular contrato con el espectador, quien descubre las fracturas de un mundo íntimo, tan nuevo como conocido, heredero de las mejores propuestas del ya no tan nuevo cine argentino.

La otra transandina en competencia es El estudiante, de Santiago Mitre, casi venerada por la crítica en su país. Impensadamente conectada a la agitación local -la primera vez se dio en medio de enfrentamientos de policía y encapuchados, mientras la segunda se suspendió por aviso de bomba-, muestra la mano de Pablo Trapero en sus trazas realistas, aunque peca de solemne al configurarse como thriller político. Más fluida se mostró otra propuesta vecina, fuera de competencia: De caravana, comedia bien estructurada y mejor actuada que hurga en los bajos fondos y en las altas esferas de la ciudad de Córdoba, del debutante Rosendo Ruiz.

 Y si la producción argentina es un infaltable valdiviano, más aún lo es el cine facturado en Chile. No por nada, el propio festival ha presentado varios títulos destacados de la nueva hornada de realizadores y ahora coeditó -y lanzó- un libro sintomáticamente titulado El novísimo cine chileno.

Hay en esta pasada material para constatar el vigor y la variedad del minuto presente. En la competencia internacional hubo, por ejemplo, razones para el entusiasmo. Sentados frente al fuego es una interesante movida de Alejandro Fernández tras su debut con Huacho, al tiempo que ofrece un rol notable de Daniel Muñoz. El circuito de Román, de Sebastián Brahm, es por su parte una elaborada y consistente ópera prima que vincula memoria, ciencia y sentimientos en una jugada localmente inédita, y hasta triunfante a la hora de hermanar pensamiento y puesta en escena. En tanto, Maite Alberdi, otra debutante, le da vueltas escrutadoras al documental en El salvavidas. Y más paño chileno queda para cortar en la competencia nacional, como prueba Rodrigo Marín (Las niñas) al explorar discretos encantos burgueses en Zoológico, fábula sustanciosa y perturbadora.

Está claro que Valdivia no se agota ahí: del veterano Jonas Mekas interpretando una canción lituana en Sleepless night stories, a las imágenes enigmáticas del cingalés Vikmuthi Jayasundara, esta 18ª versión abrió la puerta a diversos mundos que están por descubrirse. Esa era la idea.

 
     
 
 
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