Tomates podridos
 
 
Publicado el 12 de junio de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
“¿Para qué sirven los críticos de cine?”, preguntaba hace un par de años la revista inglesa Sight & Sound en el arranque de un ensayo sobre los vaivenes del oficio que introducía, a su vez, una encuesta sobre los grandes libros de crítica cinematográfica. La interrogante se ha venido formulando casi desde que el cine es cine, y en estos tiempos las respuestas tienen peculiaridades definidas por la presencia invasiva de la red de redes y sus contingentes de comentaristas a todo evento.

El número de críticos, reseñadores y opinólogos manifestándose sobre las novedades de la cartelera se ha multiplicado exponencialmente, proveyendo alternativas y nuevos puntos de vista. También rebarajando el naipe jerárquico, ganando prestigio en ciertos nichos –juveniles, sobre todo- y acaso chuteando al final del patio el mérito de los argumentos esgrimidos en beneficio del eslogan de asimilación inmediata, de la complicidad irónica con el lector o de la reverencia a tal o cual subgénero o realizador.

Una arista muy reveladora de la función crítica en tiempos ciberespaciales está en lo que llaman los review aggregates: las webs dedicadas a reunir lo comentado y criticado en distintos medios, y organizarlo según diversos criterios, entre ellos los porcentajes de aceptación, que suben o bajan según haya más o menos pulgares en una u otra dirección. En cuanto al cine, el más popular es Rotten Tomatoes (literalmente, “tomates podridos”), cuyo nombre evoca el hábito de lanzar vegetales a músicos y actores cuando se estimaba pertinente. Su “tomatómetro” puede poner en el suelo o en el cielo a una película (del 0% de Regreso a la laguna azul al 100% de Toy story), o bien indicar si el producto es “fresco” o está “podrido”, conforme la aprobación sea superior o inferior al 60%.

La reciente compra de Rotten Tomatoes por una subsidiaria de Warner da una idea de cuánto ha rendido este proyecto creado en 1999. Y cuánto ha cambiado, por su culpa, el modo en que miles de espectadores de películas se enteran de lo que piensan las voces validadas para este efecto.

Humillado y ofendido, el presidente de la Sociedad de Críticos de Cine de Nueva York dijo en un discurso que al asignar “espurios puntos de porcentaje/entusiasmo, internet se toma revancha de la expresión individual”, lo que, a su vez, mostraría la desconfianza de la cultura pop en el profesionalismo y su gusto por vulgarizarlo.

Defensa gremial donde las haya, este alegato tiene más de un punto (visto por un colega), pero se salta otras cosas, entre ellas cómo estos tomates podridos legitiman a dignos cultores gringos del oficio y cómo es posible hacer ejercicios reveladores de nuestros procesamientos de los productos culturales.

Esta semana la revista web Slate hizo algo en esta línea al publicar un “Hollywood career-o-matic”. Organizando los datos de actores y directores a través de los años, creó gráficos que siguen ascensos y declives, pero también casos especiales, como el de Chuck Norris, que sólo figura en cintas “podridas”, mientras las del francés Daniel Auteuil alcanzan un 86% de aprobación.

Las distorsiones están a la orden del día: las películas de entre 1910 y 1920, por ejemplo, son fresquísimas (90 al 100%), mientras las de los últimos 20 años no alcanzan en promedio a abandonar la zona de la deshonra. Así que no es para tomarse tan en serio el asunto, sin perjuicio de interesantes “estudios de caso”. Así, M. Night Shyamalan partió con un 85% gracias a Sexto sentido (1999) y llegó al 6% con El último maestro del aire (2010). Derechito para abajo. No es sólo idea de Rotten Tomatoes, en todo caso.

 
     
 
 
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