INICIO >> ARCHIVOS DEL EDITOR >> PANTALLA ANCHA >>Silencio, por favor
 
     
Silencio, por favor
 
 
Publicado el 29 de enero de 2012 / Descargar PDF
 
 

 
     
 

El artista, de Michel Hazanavicius (2011), arranca en la noche de estreno de un thriller antisoviético de 1927, justo en su desenlace. El filme dentro del filme es uno cuyo héroe, acompañado de su perro, es un agente infiltrado para liberar la república de Georgia, que se enmascara cuando escapa de los rusos y que luego grita, triunfante, algo que no se escucha pero que aparece transcrito en un intertítulo: "¡Viva Georgia libre!".

Terminando ya la mencionada función entra a escena, por detrás de la pantalla, George Valentin (Jean Dujardin), el actor que encarna al héroe. Se mira con el productor de la película (John Goodman) y ambos cruzan los dedos, literalmente, esperando la aparición del "The End" de rigor.  Y cuando eso pasa… ¡silencio! Y primerísimo primer plano del protagonista. ¿Habrá aplausos? Se asume que sí, vista la receptividad del público ante los planos finales. Pero pasan unos 2 ó 3 segundos y no se escucha nada (y era que se iba oír algo, si El artista es muda, aparte de blanco y negro y francesa). Finalmente, el suspenso se rompe cuando el actor sonríe radiante: su película es un éxito. Bah, dice uno, espectador de hoy ante una película como las de anteayer, parecía que iba a pasar lo contrario.

Si es cierto, como afirmó hace poco un columnista del Guardian, que estamos tan condicionados a entregarnos a lo nuevo que sentimos lo viejo como una bofetada, entonces de puro retaguardista Hazanavicius se ha despachado un producto novedoso. Una película cuyos asistentes hasta han pedido que les devuelvan la plata, pero que podría ser el primer filme silente en llevarse el Oscar principal desde 1929. No cualquiera.

Hazanavicius había sido grito y plata en Francia con el mismo Dujardin como un agente secreto bufonesco, OSS 117, especie de versión local de Austin Powers. Y él mismo ha dicho que ahora aspiraba a la "utopía universalista" del mudo. ¿Se puede, realmente? Bueno, se está pudiendo, pero de una manera muy posmo, no habiendo otra: hay que aceptar que se está viendo una película como las que solían ver los abuelos o los bisabuelos y que ya eso es insólito. Y si dentro de la propuesta uno descubre que la estética, la música o la progresión dramática lo están convocando, pues bien por uno.

Adicionalmente, por si faltara, la otra favorita al Oscar, Hugo, no llega a ser muda pero homenajea con pompa y circunstancia las audacias de Harold Lloyd, la cómica visualidad de Buster Keaton, el arrojo aventurero de Douglas Fairbanks. De hecho, toda ella es un tributo a George Méliès, el gran fantasista de las décadas de 1890 y 1900. Un canto patrimonial a los maestros de la primera hora en una tradición que Martin Scorsese, su director, ya ha perfilado con documentales, ensayos, prólogos y hasta con una fundación (The Film Foundation), pero donde no había incorporado frontalmente su ficción. Hasta ahora.

Mientras Hazanavicius preparó su película visitando la oficina de Chaplin y la casa de Mary Pickford, además de filmar a 22 cuadros por segundo en vez de 24, Scorsese reconstruyó el set donde Mèliés hizo El viaje a la luna. Si hace 60 años Bailando bajo la lluvia retrataba el tránsito del mudo al sonoro haciendo sabroso escarnio del primero, ahora hay menos burla que nostalgia, menos sentimiento de superioridad que cariño extemporáneo.

Según cuenta el investigador William Drew en The last silent picture show, en los años 20 se mostraban exitosamente en salas gringas "compactos" de la década anterior, con un ánimo de ridiculización que se replicaría en los 30, cuando los "cautivantes melodramas" de los 20 eran objeto de mofa por las nuevas audiencias. Ochenta años más tarde, no hay riesgo de toparse fácilmente con estos productos, muchos de los cuales desaparecieron para siempre. Pero la opción de que un cincoañero se ría a gritos y se emocione al mismo tiempo con El circo o El pibe, sin que nadie le salga con que lo suyo es culturalmente inadecuado, está completamente abierta. Y eso para no entrar en la ferocidad de Avaricia (1924), en el vértigo imprevisible de Sherlock Jr. (1924), el aplomo antropológico de City girl (1929) o la instantánea epocal de L'argent (1928). No es como ver las películas de ahora, y si las pusieran en TV los llamados de indignación colapsarían las líneas. Pero están ahí. Tome nota.

 
     
 
 
En Pantalla Ancha
ver todos / 37 artículos
 
 
Silencio, por favor
 
       
 
Estoy filmando, te llamo después
 
       
 
Valdivia tiene festival
 
       
 
Se llamaba Polly Platt
 
       
 
Mildred contra Mildred
 
       
 
En Devedoteca
ver todos / 18 artículos