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Mildred contra Mildred
 
 
Publicado el 24 de abril de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
Mildred Pierce, el film noir de Michael Curtiz (1945) y la extensa versión que ahora ha exhibido HBO, le deben al contexto en que se hicieron tanto como a las decisiones tomadas por sus “padres artísticos”. Eso sí, con géneros y grados de urgencia distintos para presentar sus respectivas intrigas.

El pecado original es de James M. Cain. En 1941, el autor de El cartero llama dos veces publicó un libro con el ritmo y el descreimiento de un policial, aun cuando no lo era. En él cuenta, a lo largo de los años 30, la historia de una madre californiana de clase media que en los primeros años de la Depresión se separa del marido infiel y se queda a cargo de sus dos hijas. Que se siente rebajada por trabajar de garzona en una cafetería y procura que la niña de sus ojos, Veda, no se entere. Que se convierte en una exitosa empresaria gastronómica y pierde a la menor de sus dos hijas. Que se enamora de un playboy y se rompe el lomo para que no le falte nada a la caprichosa Veda, quien, sin embargo, le restregará en la cara su olor a fritanga y el hecho de que trabaje para vivir.

Con lo anterior no se ha descrito ni la mitad del argumento, en parte libelo pro emprendimiento y pro mujer, en parte inmersión en el poder intoxicante del dinero, en parte alegato acerca de la crianza de niños sin conciencia ni responsabilidades. Así y todo, hubo margen para reinventarlo. Adquiridos sus derechos por Warner, ésta lo insertó en el género negro que aún hacía nata en los últimos días de la II Guerra. Y su director fue un empleado de los que renovaban contrato cada siete años con el estudio: Curtiz, que llegó a Hollywood desde Hungría en 1926 -como Mihály Kertész- y que poco antes había hecho Casablanca.

La cinta, por de pronto, arranca con el asesinato de un personaje… que jamás muere en la novela. Y en lo de enrielar una historia según premisas, obstáculos y refuerzos de la idiosincrasia de un género, Mildred Pierce (conocida en Chile como Abnegación de mujer) es todo estilo y disciplina. Así la ha reconocido la posteridad, donde perviviría mejor aún sin el soundtrack odioso de Max Steiner. Fue un taquillazo y estuvo nominada a seis Oscar, incluyendo Mejor Película, aunque el galardón se lo llevó sólo Joan Crawford.

La elección de Crawford, con fama de difícil en el trato, tampoco era evidente. Cain habla en el libro de una protagonista de “encantos voluptuosos” y, como ha observado Stephen King, ella “no lo es, pero Kate Winslet sí”. Y la estrella de Titanic es la punta de lanza de la nueva adaptación, realizada por Todd Haynes, el mismo que hizo el pastiche cincuentero Lejos del cielo (2002) y que ahora es también productor ejecutivo y coguionista.

Haynes tiene tras suyo un gigante televisivo que hace rato se ve a sí mismo como el lugar para el relato audiovisual masivo. Y si bien todo el mundo entiende este producto como una miniserie, nos es presentada como “un filme de Todd Haynes”: una película de 5 horas que muchos han visto en las tandas televisivas de rigor, pero que otros tanto conocieron y conocerán de un solo tirón.

Obediente para entender la “fidelidad” al original, la nueva Mildred Pierce es esta vez un melodrama reposado cuya protagonista no es la mujer fatal del ’45. Que se ambienta en los 30, como la novela, y no en su propio momento, como la película. Que se viste con las ropas, los colores y los sonidos del tiempo sin los desbordes autoconscientes de series como Mad men.

Lo de Haynes, entre otras gracias, aporta evidencia de que la “tele de autor” es posible, aunque sea en circunstancias acotadas. Que es posible seguir las subintrigas que una cinta de duración promedio deja de lado y apreciar con calma y paciencia la evolución de cada quien. En esto, Kate Wisnlet es un dechado de matices que se disfrutan y agradecen, aunque es cierto, como también dice Stephen King, que la nueva adaptación se revela contra la urgencia de las 250 páginas del libro y que resulta, así las cosas, demasiado larga (“too damn long” es la expresión que ocupa).

A lo uno y lo otro se agrega el que la finura reconstructiva de época, gentileza habitual de Haynes, pierda en su renuncia al acontecimiento de la pantalla grande lo que gana al hacer un producto a su ritmo para un público aún más amplio, ocasión que aprovecha para crear una Mildred que es la misma y que es distinta. Otro caso de estudio para quienes hurgan en avenidas y callejones de la comunicación masiva y la cinefilia privatizada.

 
     
 
 
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