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La octava no será la vencida
 
 
Publicado el 17 de junio de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
“Antes a los críticos jóvenes les gustaba Cronenberg o Wenders, ahora les gusta Harry Potter”, twitteó hace poco un colega local que no es precisamente un viejo estandarte. Y se entiende el punto: no es que los autores de renombre les sean ajenos a cinéfilos y comentaristas de nuevo cuño, que de seguro han visto más gemas de las que sus colegas de otras generaciones llegamos a ver en su momento; tampoco es que necesariamente sean más engrupidos o que se vendan por un plato de lentejas. El punto, para comenzar, es que cuando la segunda mitad de la séptima parte de una megafranquicia seduce como el cierre de Harry Potter lo está haciendo, a jóvenes y no tan jóvenes en estas y otras latitudes, está pasando algo que tiene que ver con lo que solía llamarse el estado del arte.

Sabíamos ya que, con unos US$ 6.500.000 millones recaudados hasta el momento, las adaptaciones de la saga literaria de JK Rowling se alzan como el pack más rentable de la historia del cine. Queda sin embargo por determinar si los récords que se batirán en esta pasada, como por ejemplo el número de salas de exhibición en Chile (150, nada menos), saciarán el hambre de tremendismo que parece de rigor. Si acaso, tal como pasó con la trilogía del Señor de los anillos, un final multitaquillero merecerá no sólo las loas de buena parte de la prensa, sino también un reconocimiento de la Academia de Hollywood, que en 2004 empapeló por primera vez de estatuillas a una cinta de fantasía. Y que podría congraciarse, por qué no, con un mago inglés ahora que ha hecho la pega con honores.

También falta por descubrir si Warner o algún otro se cruzará de brazos ante una vaca que ya no da más leche. Si no habrá alguna chance con “Las aventuras de Albus Severus Potter”, o con la aparición de un nuevo maridaje feliz de letras y celuloide que haga olvidar fiascos como Eragon.

En medio de invasivas franquicias basadas en parques temáticos, videojuegos, cómics y animaciones, el fenómeno fílmico Potter se rodeó en último término de cierta aura cultural. Niños y adolescentes se pusieron a leer por cuenta propia, para asombro de sus padres, y muchos de ellos llegaron disfrazados a los cines, queriendo vivir una vez más la experiencia. Agréguese el pedigrí provisto por el reparto british que se paseó por las ocho entregas (Maggie Smith, Gary Oldman, Ralph Fiennes, Emma Thompson, John Hurt, Alan Rickman, Jim Broadbent, David Thewlis y varios más), así como la cuasiépica en virtud de la cual hace 10 años hubo una película ingenua y simplona –por no decir sosa y estándar- y ahora hemos llegado al corazón de las tinieblas, poco más o menos.

Es claro que los personajes fueron creciendo con sus espectadores y que en particular el público infanto-juvenil fue proclive a empatizar con los dolores, tropiezos, coqueteos y travesuras de sus protagonistas. También que eso no pasa mucho en el cine. Pero la pregunta es si tan empírica evidencia justifica, por ejemplo, que los más de 270 minutos que suman las dos partes de Harry Potter y las reliquias de la muerte hayan estado dedicados a preparar el encuentro del protagonista con su némesis. A hacer gala, sistemáticamente, de estruendosos efectos de última generación. A enfatizar machaconamente que Harry es un paria entre otros parias y que los malos son increíblemente villanos.

Sabíamos que Harry Potter puede divertir y hasta emocionar si no se le pide demasiado. Lo duro es constatar, como quien patea la perra, que el asunto ya es una ópera. Que el estatus de este ícono de los tiempos que corren es capaz de barrer con todo a su paso.

 
     
 
 
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