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Jorge Délano: ¡Escándalo!
 
 
Publicado el 30 de diciembre de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 

"Mire, señor", dice Jorge Délano, "Coke", al Presidente Carlos Ibáñez en 1929: "Ha llegado el cine sonoro. Santiago puede ser el Hollywood del cine sonoro, porque somos primeros mercados, y Hollywood y Santiago están a la misma distancia del Ecuador; eso significa que tenemos la misma luminosidad. Pero tenemos muchas más ventajas: hay una gran variación (sic) de paisajes: usted en una hora está en la cordillera, en el mar, hay dunas, lo que quiera".

El propio Délano (1895-1980), que le contó lo anterior a revista Paula, afirma en su libro de memorias Yo soy tú que hacia el 29 discutió con su cuñado, ministro de Hacienda de Ibáñez, la necesidad de que Chile sacara ventajas con la irrupción del cine parlante. Y que luego supo que el gobierno había decidido enviarlo a Hollywood "a estudiar los secretos del cine hablado". En tanto, el discursillo del párrafo anterior es reservado en sus memorias para una cena californiana con David O. Selznick (que más tarde produciría Lo que el viento se llevó), a quien pudo haber persuadido de instalar en Chile una industria de cintas en castellano… de no ser porque más tarde chocaría el auto del productor. O así lo cuenta.

Estuvo un año en la Meca del cine, conociendo famosos y aprendiendo algo del oficio. A la vuelta, fundó la revista satírica Topaze y dirigió el primer largo sonoro local, Norte y sur (1934). Su siguiente película se exhibe ahora en la Cineteca Nacional. Es de 1940 y se llamó ¡Escándalo!.

En su Historia del cine chileno (1971), Carlos Ossa afirma que con ¡Escándalo!, "a pesar de que reunía un buen elenco para la época, no pasó nada". Y si bien esta afirmación puede relativizarse en función de la buena crítica en su minuto o de las reposiciones comerciales en los años venideros, permite anticipar que la cinta no envejeció de gran forma: lo puede refrendar quien hoy la vea y padezca sus actuaciones fechadas, sus parlamentos relamidos, su humor cándido o su música incidental "imitativa" (clarinetes y trompetas asordinadas, por ejemplo, que subrayan situaciones presuntamente cómicas). Pero hay más en la película para descubrir y sorprenderse respecto de la sociedad chilena del 40 y de sus pautas identitarias, del cine que entonces se hacía y del que pudo haber llegado a hacerse.

En principio, ¡Escándalo! ofrece un retablo de cierta clase media santiaguina de raíces rurales, sueños de riqueza y pasado esplendor (por ahí hubo un abuelo ministro de Federico Errázuriz, "cuando no cualquiera era ministro", afirma orgullosa la matriarca). Una pareja que ronda la sesentena y cuenta con servicio doméstico pese a adeudar la luz y el arriendo, vive junto a sus tres hijos: la secretaria de un abogado, un periodista del diario ficcional La Prensa y un colegial porro que quiere ser diputado para ganar buena plata y tener auto. El periodista, Julián, acaba de ser ascendido a jefe de la crónica y desde allí denuncia ilícitos caiga quien caiga, incluso si eso significa que un capo del juego ilegal le caiga encima a balazos. Pero se verá en un lío cuando su propia hermana le aporte evidencia de que el padre de la mujer a la que ama, un exitoso abogado, recibe gruesos sobornos gringos para evitar que Chile inicie las prospecciones petroleras.

Y no es todo. Del inicio al final, se explicita que hay una película dentro de la película, con el mismo nombre y dirigida por el propio Délano. Este recurso, así como la debilidad por el dramón folletinesco o la intrusión en medios periodísticos, políticos y gangsteriles, puede o no revelar la cercanía del guionista y realizador con ciertos recursos hollywoodenses. En cualquier caso, pintan una cierta idea de chilenidad asociada a la pureza campechana, defendida por los criollistas, y a un nacionalismo antiimperialista que hacía nata en los 30, fenómenos conectados entre sí y bien descritos en obras como Reforming Chile, del historiador Patrick Barr-Melej.

Así, dándole una vuelta, ¡Escándalo! puede abrir la puerta a una experiencia insospechada. Acaso enfrentarnos a un espejo quebrado, con 70 años de distancia. No diga después que no le advirtieron.

 
     
 
 
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