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Historia a la medida
 
 
Publicado el 27 de marzo de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
¿Aciertan los guionistas cuando creen que, ambiéntese en la época que se ambiente, toda película habla siempre del ahora? Al menos constatan una idea muy aceptada: poco importa cuánto se viaje en el tiempo, lo que se diga y haga en un filme debe ser aceptable, verosímil y familiar. Mucho historiador concordará en que ir al pasado es como viajar a tierra ignota, y precisamente de eso huyen los productores: consienten en que los personajes se disfracen a la usanza de alguna época, siempre y cuando parezcan actuales. Pero a partir de la fábrica de anacronismos a los que da origen esta forma de proceder, surgen modos de ilustrar, reflexionar o predicar sin importar la época abordada. Ahí, además de preguntas sobre la historia como mero pasado y la historia como pretexto, asoman parentescos nada evidentes.

¿En qué se parecen, por ejemplo, Wall.E (2008), Agora (2009) y Cuenta regresiva (2009)? Por de pronto, la película de Pixar ambientada en un post apocalíptico siglo 28, el último largo de Alejandro Amenábar y la cinta con Nicolas Cage sobre un armagedón inminente, se encargan de mostrarnos ceremoniosamente la Tierra vista desde el espacio. Esto habla, en principio, de un criterio propio de los tiempos: decirle al espectador que lo descrito en pantalla le concierne a él y a todos quienes habitan su planeta, su casa grande. Y, de paso, que algo no anda bien con ella. Pero donde más extraño se ve esto es en la producción española que acaba de estrenarse en Chile.

Ambientada en el siglo IV, Agora es rara avis por varias razones. Está a cargo de un director que asociábamos al horror atmosférico y a las vueltas de tuerca, pero que desde Mar adentro (2004) viene arengando sobre ciertos ítemes contemporáneos. Antes fue el derecho a poner fin a la propia vida, ahora son la tolerancia y la razón. Y ahí asoma otra rareza, bastante comentada: los cristianos, aunque prediquen el amor y la solidaridad, llegan a ser unos fanáticos incapaces de aceptar a los que profesan otras creencias. Pero no son malvados todo el tiempo y tampoco los únicos de la película. El curioso y costoso ejercicio de Amenábar pasa por exhibir la Tierra a la distancia para reforzar el discurso de su impoluta protagonista, Hipatia (Rachel Weisz): vamos todos en el mismo barco y, si no nos aceptamos, las tragedias seguirán ocurriendo y lo harán a escala global. Con este fin, echará mano a cuanta declamación y buen ejemplo hagan falta.

La pregunta, ahora, es si un viaje temporal y geográfico como este debe darse en los singulares términos propuestos por Amenábar, o en los de Gladiador, o en los de Roma, la serie de HBO. Si acaso no ha habido caminos más exploratorios para las togas y las sandalias. Y el caso es que sí: para toda una generación que apenas se enteró de la existencia de Yo, Claudio, la serie inglesa de los 70 ha vuelto con digital esplendor, atendiendo a minucias domésticas e intrigas palaciegas con ritmos y tonos que en la TV actual ni supieron que existían.

Otra vía, radical y transparente al mismo tiempo, es la de un cineasta/historiador como Roberto Rossellini. Convencido de que la pantalla chica era la gran vía de difusión de los saberes más nobles, realizó una seguidilla de telefilmes sobre distintas épocas y personajes. Uno que viene a cuento acá es Actos de los apóstoles (1968), serie de cinco horas y una desembozada función pedagógica.

¿Se imagina alguien a un esclavo griego paseándose por la Jerusalén del siglo I, mientras le cuenta a un romano la travesía del pueblo hebreo con pelos y señales, al tiempo que le informa de una “secta” de seguidores de cierto mesías crucificado? La idea rosselliniana de cómo abordar la historia es bien inhabitual, después de todo. La de Amenábar también, pero hasta ahí llegan las semejanzas.

 
     
 
 
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