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Estoy filmando, te llamo después
 
 
Publicado el 3 de julio de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
Ya se trate de rodajes rutinarios de cintas genéricas, o de los delirios amazónicos de Werner Herzog, las cualidades de uso de las tecnologías de filmación apuntan a una cuestión determinante: a lo que puede filmarse y a lo que no, así como a los tiempos en que esto puede hacerse, además de la logística requerida. Cuestión medular para producir una película, pero más bien árida y ajena para quienes no están directamente involucrados o no son eruditos de la talla de David Bordwell y Janet Staiger. Con todo, pensar en la cámara y sus usos, en el pasado y en el presente, puede ser tan instructivo como iluminador.

Para fines de los años 20, cuando el cine sonoro se convertía en el nuevo estándar de la industria, casi todo el mundo en los grandes sets sudaba sangre para conseguir mover una cámara. Los sencillos trípodes y carritos que sostenían las filmadoras del mudo quedaron cesantes tras imponerse un pesado equipamiento adosado a la cámara. Y la solución de los estudios no fue resignarse a los planos estáticos –que los hubo por docena-, sino crear soluciones prácticas. En menos de una década, grúas, dollys y otros hicieron más llevadera la tarea, sentaron nuevos estándares –de nuevo- y dieron posibilidades expresivas de las que unos se sirvieron mejor que otros.

Eso sí, lo que siguió no fue menos complicado, como refrenda el director de foto Stanley Cortez sobre el rodaje de Los magníficos Amberson (1942), de Orson Welles: gente moviendo las paredes, otros redirigiendo las luces y otros girando habitaciones completas, todo al mismo tiempo, mientras la cámara se movía y los actores trataban de hacer la pega. A principios de los 60’ Jerry Lewis insertó una pantalla junto a la cámara para ver lo que el camarógrafo estaba viendo, y maldijo su suerte cada vez que la presencia de un enorme micrófono echaba a perder la costosa iluminación de una escena. Frente a tantos esfuerzos y desvelos de ayer, es irónico ver a uno de los cineastas reputados del actual circuito, el coreano Park Chan-wook, presentando su última creación… filmada con un teléfono móvil. Uno inteligente, seguro, pero teléfono al fin.

“La búsqueda de las locaciones, las tomas para las audiciones, el documental del proceso de filmación, todo fue realizado con un iPhone 4 […]. Seguimos el mismo proceso de filmación, excepto por el hecho de que la cámara fue pequeña”, explica el director de Oldboy respecto de su mediometraje Paranmanjang, en el que convierte un celular en el corazón de un dispositivo óptico (porque igual es con lente la cosa). No es el único. Y hay quienes, como el local Andrés Wood, suben a la red y eventualmente a los bonos del DVD registros del rodaje de la última película realizados con el mismo aparato.

Que un teléfono dé el ancho no quiere decir que Spielberg probará con su Blackberry, pero sí que hay espacios para otras escalas al minuto de filmar, mientras las ventanas de exhibición se muestran más flexibles que nunca. Escalas y ventanas de todo tipo, como el propio caso chileno parece demostrar.

En Fidocs se acaba de presentar El mocito, documental de Jean de Certeau y Marcela Said sobre un sirviente de la Dina. Exhibida en el solvente sistema digital 2K, la cinta se rodó principalmente con una cámara HD, pero varios planos se registraron en una máquina fotográfica. Se trata del mismo modelo que usó Nicolás López para la comedia Qué pena tu vida, con la diferencia de que este último perseguía un look, sino idéntico al de los tradicionales 35 mm, al menos lo suficientemente cerca. Se diría que le fue bien y, para probarlo, se demorará un año y menos en estrenar la continuación (Qué pena tu boda). Y dice que la cámara, con la que ahora reincidió, es gran responsable de que esto pudiera hacerse. Que su sensibilidad a la luz le evita moverse con pesados equipos de iluminación, que filma y edita casi en simultáneo, que el mismo director de foto hace de camarógrafo y un par de etcéteras.

En fin, es cierto que la maquinita se recalienta después de un rato y hay que tenerle paciencia. Y es particularmente obvio que ni estos ni otros artificios disfrazarán historias mal contadas o actores mal dirigidos. Pero, de momento, el entusiasmo es más que atendible.

 
     
 
 
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