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Esas listas triviales
 
 
Publicado el 3 de abril de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
Se acabarán las piedras, pero no las listas ni los rankings. Uno que ya ha dado buen caldo en esta columna es el Trivial Top 20, marca literalmente registrada en la web de Film Comment. Tras consultas a críticos propios e invitados, la revista gringa ha escogido entre otros a los mejores ganadores de Cannes, las mejores actuaciones a cargo de menores de 12 años y las mejores películas “muy, pero muy largas”. Justamente con esta última selección, donde se impuso La madre y la puta (1973), hizo subir la lista a 40 títulos. Y luego a 50, con ejemplos como las “mejores canciones indelebles de las películas de los 80”, encabezada por el tema central de Rocky III.

Ahora fue el turno de “The best last films”. Si ya es arbitrario poner las películas en fila, esto de escoger los mejores “últimos títulos” de tal o cual realizador da para mucha vuelta, reexamen y cavilación. Por ejemplo, debería inferirse que los maestros llevan todas las de ganar en un ranking donde figura gente como Luis Buñuel (Ese obscuro objeto del deseo) Ingmar Bergman (Saraband), FW Murnau (Tabú) o John Ford (Siete mujeres). Y si no, ¿cómo justificar la presencia de Alfred Hitchcock, cuya Trama macabra (1976) está lejos de sus películas mayores, al tiempo que deja fuera despedidas tan valiosas como El último magnate, de Elia Kazan?

Pero es verdad, también, que algunos nombres no son evidentes en un top 50 de todos los tiempos (Robert Mulligan, que figura con Amor de verano; André de Toth, con Mercenarios sin gloria; Derek Jarman, con Blue). Que aportan cierta sorpresa, que alinean los caprichos de la crítica y que abren saludablemente el abanico, permitiendo al cibernauta de a pie acercarse a realizaciones que de otro modo no habría considerado. No puede decirse lo mismo de otras listas con propósitos igualmente triviales.

En virtud de esta dinámica llega al número 39 Terror en Texas, de Joseph Lewis, atrevido western de bajo presupuesto con guión de Dalton Trumbo, mientras en el 22 está el senegalés Ousmane Semebene con Mooladé, drama y comedia asociados a la circuncisión femenina. Y mejor no dejar pasar Crónica negra, de Jean-Pierre Melville (en el 19), policial con trenes de juguetes supliendo a los auténticos, que lo lleva uno a extrañar los tiempos en que una sucesión de miradas bastaba para crear un suspenso arrollador.

Es posible, por otro lado, que John Huston tuviese claro que Desde ahora y para siempre (15) era su canto del cisne: la dirigió junto a un balón de oxígeno y murió antes de su estreno. Pero no el taiwanés Edward Yang, que estrenó la aguda Yi-yi en 2000, cuando se le detectó la enfermedad que los mataría siete años después. Y ciertamente John Cassavetes habría deseado que la última película con su firma no hubiese sido Graves problemas (1986), sino Torrentes de amor (1984), una obra tan testamentaria que “contra las reglas” del ranking aparece novena, tal como en el 18 figura El pecado de Cluny (1946), donde Ernest Lubitsch tenía mejor salud y más compromiso que en la póstuma La dama de armiño (1948), que Otto Preminger terminó cuando él ya no podía.

Cada ranking lleva agua a un molino. Si el Festival de Toronto encabezó en 2010 su lista de las 100 “esenciales” con Carl Th. Dreyer (La pasión de Juana de Arco, 1928), los convocados por Film Comment reinstalan al danés en sus pedestales con Gertrud (1964), drama conyugal que se ubica en el segundo puesto. Es una de las “aburridas” de su director, al decir de Orson Welles, que la incluía sin embargo entre sus preferidas. Y en cuanto al hombre tras Ciudadano Kane, se lleva la medalla de bronce con F de fraude (1973), cinta rara, entretenidísima y tan distinta de la que lo glorificó.

¿Y quién se quedó con el oro? Pues Robert Bresson, el asceta francés del cine, que pasados los 80 concibió una avalancha de mal químicamente puro a partir de un billete falso en El dinero (1983). Cinta seca y severa, que termina de golpe sin que nada parezca sobrar. Es de las que hay que ver antes de arrepentirse de no haberlo hecho. Una razón más para celebrar la existencia de las listas triviales.

 
     
 
 
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