Ecos del adiós
 
 
Publicado el 28 de agosto de 2011 / Descargar PDF
 
 

 
     
 
No por esperable la partida de Raúl Ruiz, a los 70 años, fue menos sentida. Los reconocimientos que siguieron a la noticia difundida el viernes 19 fueron en ciertos casos oficiosos, en otros se cuadraron con el cliché del genio inclasificable, y en varios más revelaron un agradecimiento genuino por los mundos inéditos que el puertomontino dio a conocer, algunos de ellos tan sorpresivos precisamente porque creíamos conocerlos.

En la prensa internacional, en tanto, los reproches de ayer a la propuesta ruiziana recularon en beneficio del tono elevado de quien piensa en la historia cuando se cierra un ciclo. Eso sí, había que enfrentar ciertos etiquetados.

Así, por ejemplo, el obituario del New York Times usó dos adjetivos en su título: "prolífico" y "críptico". El primero es una evidencia tan elocuente que ni se comenta. El segundo sumerge, en el mejor de los casos, en querellas en torno a centros y márgenes, a discursos prevalentes y contranarrativas, a hábitos acendrados y prácticas de vanguardia, y, en el peor, autoriza una lucha por la validación cultural que tiende a saltarse el mérito de los argumentos en juego.

Pero había algo más en el obituario: un vínculo al perfil/entrevista publicado hace menos de un mes por el mismo diario y firmado por el crítico A. O. Scott. La nota carecía, naturalmente, de las solemnidades de una pieza post mórtem, pero su sensible aproximación a un personaje entrevistado en su departamento parisino se llega a leer con emoción a la hora del último adiós.

"Descubrir a Raúl Ruiz es como encontrarse con una habitación secreta en una vieja mansión", apunta Scott, quien no posa de erudito de su obra, pero llega a suscribir eso de que está en la naturaleza de las películas ser extrañas. O a colegir de lo anterior que las películas son extrañas porque la vida también lo es (o bien, que los misterios del cine son también hechos de la vida).

La nota se hace cargo además, de una cinta que tras imponerse en San Sebastián, con sus cuatro horas y media de metraje, tenía estreno inminente en EEUU: Misterios de Lisboa (2010). Y es un hecho casi feliz que sea esta película -no la última suya, pero sí la última que presentó- la que se vea más asociada a su partida. Una obra que adscribe a la extrañeza con que Ruiz miró el mundo -sin renunciar a los juegos de espejos ni a la complejización de lo visible-, pero que también resulta accesible y cercana, incluso cuando descoloca.

Con la firma de Raúl Ruiz y no de Raoul, el filme se basa en la obra homónima de Camilo Castelo Branco (1825-1890), un tipo tan prolífico como el cineasta y a quien han llamado el Balzac portugués. Su primera novela apareció como folletín y los rasgos más distintivos del formato -partiendo por esa intensidad melodramática que los cínicos de hoy pondrían entre comillas… si pudieran- dirigen el tono y el espíritu del filme, pero no los controlan. Porque algo hay de inmanejable e imprevisible, de cómico y de absurdo, en una película que tiene los bailes, los duelos de pistola, los arrebatos y demás ingredientes de una pieza para el gran público de entonces y después, pero donde las piezas no terminan de encajar.

Con voces en off que se pasan entre sí la pelota para comenzar y terminar con las desventuras de un huérfano, la película retrata la aristocracia lusitana, pero también se solaza con digresiones y subtextos, permitiéndole incluso el recurso a herramientas del cine mudo, como cuando se pega un plano con otro al cerrar y abrir cortinas o cuando una pistola inopinadamente le apunta al espectador. Eso, para no hablar de un final cuyo nivel de emotividad no parece evidente, viniendo de quien viene, pero que quizá por ello se agradece el doble.

Misterios… es también una serie televisiva de seis horas que, de no mediar una circunstancia muy ruiziana, difícilmente llegará a las pantallas locales. Pero hay formas de verla y habría que actuar en consecuencia. Para todos los efectos el viernes 19, por la noche y sin aviso, TVN transmitió Palomita blanca y convocó al 10 por ciento de los televisores encendidos en Chile. Quién sabe lo que pasaría en este caso.

 
     
 
 
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