Academicismo
 
 
Publicado el 26 de febrero de 2012 / Descargar PDF
 
 

 
     
 

Los goles se hacen, no se merecen. Y las estatuillas se ganan… y punto. Que el marketing oscaril llegue a ser más caro que las películas promovidas no significa la distorsión de una ciencia exacta que calibraría rigurosamente los filmes si tal cosa fuera posible. Es, más bien, la actualización de una tradición autocelebratoria que arrancó con la idea de mejorar la imagen de la industria. Y que por estos días no la ve tan fácil.

Hay dos Hollywood, comentaba días atrás un crítico gringo: el de las secuelas, franquicias o recocidos que generan una respuesta masiva en audiencias infanto-juveniles, y el de las películas adultas, adhieran o no a la lógica del quality film, de la cinta edificante y/o solemne. De esta última liana se agarra normalmente para escoger a sus nominados la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Pero pasa que las 10 películas más vistas en EEUU en 2011 fueron secuelas, franquicias y recocidos. Y la Academia, normalmente, no está para andar escogiendo sus nominados entre cuartas y quintas partes. No, al menos, para las categorías principales, en el entendido de que el material que llegue hasta ahí debe cumplir con un piso de calidad y prestigio que no se lleva bien con los blockbusters estruendosos. ¿Qué hace, entonces? Busca por otros lados, al punto que para la ceremonia de hoy corre como favorita una película muda, de origen franco-belga.

Así, no extraña el descenso en los ratings de su show anual. Y ellos lo tienen claro. Por eso redujeron la extensión de la ceremonia, aumentaron los candidatos a Mejor Película y ejecutaron en 2011 el mayor cambio a su sistema de nominaciones. Algo se ha conseguido, partiendo por instalar en la parrilla cintas que no espanten a los menos enterados, aun si El artista se convierte en la segunda ganadora con menos recaudación en la historia del certamen. No es sólo un tema de plata, sino de conexión con el "gran público", para el cual la Academia se ha erigido en una especie de presunto árbitro del buen gusto.

Dicho lo anterior, no es evidente esta conexión cuando apenas el 2% de los 5.765 votantes del Oscar tiene menos de 40 años, invirtiendo casi las proporciones respecto del público. Ahora, que el promedio de edad de lquienes eligen sea de 62 años no es definitorio per se, aunque tiente buscar por ahí las razones del éxito de El artista y de Hugo en las distintas ramas de la Academia (así como la derrota de Red social frente a El discurso del rey en 2011). La entidad hollywoodense, adicionalmente, es más seria y menos manipuladora en sus premiaciones que la mayoría de sus pares, partiendo por el que entrega los Grammy.

Criticada también por ser masculina y caucásica en proporciones abrumadoras, la Academia solía definir un cierto patrón, el del señalado quality film. Pero incluso por ese lado ha andado a los tumbos, de Chicago a Slumdog millionaire. Y acaso ahí tenga algo que decir la variedad de convocados a decidir. A modo de ejemplo, y sólo considerando los miembros incorporados desde 2004, hay entre los directores gente con tanta prosapia artística como Jacques Audiard, James Gray y Werner Herzog, y otros con tan poca como Simon West y Joel Zwick. Y todos ellos eligen a sus colegas. ¿Qué resulta de esto? Por de pronto, la ausencia entre los cinco nominados de Bennet Miller, otro votante, que desde ya deja sin opciones a su cinta El juego de la fortuna, acaso la mejor de las nueve que van por la estatuilla.

Se ha dicho, pero cabe repetirlo. A esta máquina bien aceitada le importa menos impartir justicia que sobar su propio lomo. Hacer ciencia que dar golpes de efecto. Ser vocera de causas que celebrar cierta corrección política. Lo demás es verso, pasarela y música. Y esta noche es la noche.

 
     
 
 
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