Necesidad y virtud

Cierta cuerda épica se tensa al contarse la historia de cómo el sanmiguelino Camilo Becerra juntó plata con un grupo de amigos/compañeros/colegas para hacer Perro muerto: de cómo cada uno de ellos tuvo más de una misión en la película  (la protagonista es la directora de arte, la guionista encarna a un personaje significativo) y que la cinta, rodada en el verano de 2009, recién llega a la cartelera contando la historia de una mamá soltera que se busca la vida en Quilicura.

En paralelo corre la escritura y el rodaje expeditos de Música campesina, de Alberto Fuguet, que hablan también de una experiencia sui géneris y algo milagrosa. Gracias al apoyo de una universidad en Tennesse que proveyó estudiantes para el equipo técnico y el reparto, el narrador parió en tiempo récord una criatura inesperada: la historia de un chileno humillado y ofendido en Nashville, la capital del country. Coronada mejor cinta chilena en Valdivia 2011, acaba de estrenarse. También Perro muerto, que había ganado el mismo galardón en 2010. Dados los escenarios respectivos, era atendible que la estética, la narrativa y la moral de estas cintas reseñadas en el libro El novísimo cine chileno pasara por hacer de la necesidad una virtud. Pero el componente épico, tan festejable en retrospectiva, apenas explica el fenómeno.

Si Perro muerto es emparentable con las sensibilidades contemplativas del cine chileno actual, marca también distancias vía personajes que desnudan sus afectos, que exponen sus debilidades y talentos. Que se comunican entre sí y con el espectador. El paso cualitativo es inestimable, más allá de las irregularidades interpretativas. Y no es sólo su impronta “social”, sino cómo inserta la intriga en un espacio urbano desolado.      

En la otra vereda hay una película hablada en un 70% en inglés y que si alguna filiación tiene con otro producto chileno, sería una de tipo lisérgico con Hollywood es así, de Coke Délano. Sus espacios son lugares genéricos (fuentes de soda, moteles, bares), de una banalidad que la estética no compensa, pero con tono y clima funcionales a eso de que el camino importe más que el lugar al que conduce. Como se estilaba en el Hollywood setentero aquí reivindicado explícitamente (Eastwood, Altman) y también por Fuguet, quien ha linkeado su búsqueda de espacios alejados del turismo y el style a referentes como El espantapájaros, de Jerry Schatzberg.

Para beneficio de la película, cabe presumir que será mejor recordada que la de 1973, por lo demás sobregiradísima en la dramaturgia y en la actuación (ganadora en Cannes, fue un clásico instantaneo que hoy ni la cinefilia ni la crítica revisan mucho). Por su sostenida amargura, por su vocación universal, por sus rutinas globalizantes. Y más a pesar que gracias a su protagónico, Alejandro Tazo (Pablo Cerda).

Cerda, en su segundo estelar fuguetiano tras Velódromo, es convincente y compadecible. Pero al humillación de este turista mutado en ilegal es particularmente dolorosa por ser un tipo sin mucho recurso emocional, espiritual, sicológico o intelectual. Un chileno de rasgos medios-altos que tras una fracasada aventura romántica posterga el regreso al país. Un tipo capaz de ofrecerle a un posible empleador su estatura como plus para recepcionista de hotel gringo. Un tipo que parece fuera de lugar cuando una housewife le aviva la cueca. Que es todo lo contrario de la argentina que se encuentra a medio camino (centrada, simpática, racional) y que le reprocha su candidez, cuando no su tontera.

Pero en la segunda mitad la película parece encarar el posible flanco que por acá se abre y va por un rescate emocional a través de una pareja de amigos algo nerd, muy alternativos y derechamente graciosos que lo estudian cual cobaya. “Vamos a llenar esa cabecita hueca”, dice uno de ellos en la cara de Tazo y Tazo no entiende. No se diga más.

Atenta a la minucia diara del tipo que habla mal otro idioma y que por lo mismo odia tener que hablarlo, la película se reconcilia sinceramente con él, aun al precio de cerrar con Campo lindo. Y llega a puerto con honores. Y deja algo impreso en quienes la vimos. Tanto y más consigue Perro negro, y ambas se estrenan ahora. Esa es cueca.