La vía chilena al realismo: Diálogo de exiliados (1974)

En su recomendable Plano Secuencia de la Memoria de Chile, Jacqueline Mouesca escribe que, mientras los personajes de Diálogos de Exiliados aparecen jocosa o tristemente dedicados a las artes de la picaresca, “la verdad es que no pocos de los emigrados combinaron su tiempo entre la búsqueda desesperada de un trabajo y la ejecución de las innumerables tareas que demandaba la solidaridad”, lo cual “puede ser tenido en cuenta o no a la hora de juzgar esta polémica película, muestra de las virtudes de Ruiz y de muchos de sus defectos”.

La historiadora y académica no esconde sus reproches a la cinta -en la cual tuvo un pequeño papel- como tampoco lo hicieron varios desterrados chilenos en París, que si no esperaban una épica de la resistencia, al menos querrían ver algo más  acomedido. “Llegaron al extremo abyecto de acusarme de que había sido pagado por la Junta”, acusa Ruiz respecto de un filme que, admite, pudo  ser “involuntariamente cruel”.

He ahí una de las aristas de esta cinta que, aunque rodada en el extranjero, se alza como inmersión profunda en los meandros de “lo chileno”, la última de este tipo emprendida por Ruiz hasta el cambio de siglo. Y que ahora llega al digital con una copia directa de los negativos.

Antes y después del golpe, el cine de Ruiz -miembro por entonces de la sección cultural del PS- se diferenció del resto de la realización local. “Prefiero registrar antes que mistificar la realidad”, decía en 1972. Y sus películas lo avalan: Tres Tristes Tigres (1968 ), La Expropiación (1971) y otras del período evidencian una atención inédita a la mecánica del comportamiento, del gesto, del habla chilena. De la identidad y las identidades nacionales. Por esa vía al realismo expone, también, la humanidad de sus personajes. Que no siempre es amable.

¿Y qué pasa cuando estos ejercicios se instalan en Europa? Ciertos rasgos se exacerban y el asunto se transforma en una especie de laboratorio identitario.

Cinta de nombre irónico –los diálogos tienden a ser monólogos compartidos-, descansa más en escenas con planos largos que en el modo de conectarlas. Así y todo cuenta más de una historia, siendo la central la de Fabián Luna (Sergio Hernández), un músico que llega a París “a cantar la verdad de Chile” por encargo del régimen militar.

Un grupo de exiliados, enterados de su llegada, organizan un “rapto a la chilena”, que consiste en “embolinarle la perdiz”, llevándolo a un departamento donde lo retendrán para que no pueda cantar en público y, eventualmente, para acercarlo a “posiciones políticas más correctas”, como se escucha en off.

Tipo solemne, Luna encuentra una fauna variada, definida por la autoafirmación -no falta el personaje que se designa a sí mismo por su apellido y luego por su militancia- y por la necesidad de que la “tribu” subsista. Afloran, entonces, prácticas como el asambleísmo, al que se recurre hasta por las razones más nimias. Y también, para mayor abundamiento antropológico, la lógica del “achoclonamiento” (notable la escena en que, lentamente, una pequeña habitación se puebla de emigrados que llegan a dormir). Eso, sin contar el tema del origen social -tabú si los hay- que atraviesa los discursos y redefine las relaciones entre los personajes.

Con esta política, lo que Diálogos… pierde en ritmo o en compaginación narrativa, lo gana en la frescura, inmediatez y autenticidad que la instalan como un indispensable.


Ficha técnica

 Diálogo de Exiliados (1974)

Dirección: Raúl Ruiz

Con: Sergio Hernández, Luis Poirot, Carla Cristi