Joven y alocada: de dónde y para qué

De dónde salen las historias que llegan al cine. La pregunta se hace pertinente para el estreno de Joven y alocada. Y trae a cuento una consigna de vieja data: faltan en Chile historias, buenas historias. O al menos quién las cuente.

Años atrás, un crítico local observó que historias como las de Una tormenta perfecta (pueblito pesquero + naturaleza implacable + sentimientos varios) están a la orden del día en toda la costa chilena. Que es cosa de revisar diarios y/o descubrir lugares. Dicho así, le sonará irritantemente fácil y bonito a cualquier guionista de oficio, que sin embargo aceptaría que buenas historias, en principio, hay en todos lados. El problema empieza antes incluso de armar los relatos, al definir qué tipo de contrato se quiere suscribir con la realidad. Con lo verdadero, lo verosímil y lo imaginado.

Una arista del tema pasa por el debate sobre la literatura local como fuente. Habiendo tanta novela y tanto cuento que dicen lo que somos y hemos sido, que desarrolla personajes y ejercita músculos narrativos, para qué andarse con tantas vueltas ficcionales, se reclama. O bien se reprocha la renuncia a contar historias y la conformidad con atmósferas, unas pocas anécdotas y tanto tiempo muerto. La controversia está lejos de saldarse: de un lado, realizadores con vocación contemplativa están ahora coqueteando con el drama y la emoción; otros, en sentido contrario, están recatando obras literarias de fuste, e incluso a sus autores como protagónicos.

Pero hay un ítem más acuciante y que se expresa en una pregunta ejemplar: cómo pasó que, en uno de los países más sísmicos del mundo, no haya habido, hasta 2011 un largo de ficción acerca de un terremoto. Muchas de las cosas grandes, pequeñas, heroicas y vergonzantes que han pasado en Chile están por descubrirse para el gran público, aun si hemos leído o escuchado tantas de ellas, tantas veces.

El director John Sayles contó en cierta ocasión que había escuchado decir a productores “muchas, muchas veces que la única forma de que una película funcione es si el anuncio dice ‘Basado en una historia verdadera'”. El público, agregaba el director de Matewan, “aprecia el que algo haya pasado realmente”. Y, podría uno agregar, también aprecia cuando las cosas que ve son cosas que le han pasado, que le podrían pasar o que le gustaría que le pasaran. Y ahí vuelve uno a Joven y alocada.

La película de Marialy Rivas no lleva un aviso como el que evoca Sayles. Pero incluso quienes no saben que está basada en las correrías de una joven bloguera que es coguionista del filme, verán en ella algo verdadero más allá del verismo: un sentido de época, de inscripción en un retablo histórico y antropológico.

Ni Rivas ni sus guionistas han descubierto la penicilina. El punto está en lo que se juegan. Tal como en Qué pena tu vida, por ejemplo, los posteos -o chateos o SMS- se exhiben como si fuesen especies de bocadillos de un cómic. No divorcian la expresión facial de la voz ni del discurso escrito. De esta forma, no sólo se cuenta el cuento, sino que se traduce un formato a otro distinto sin perderse el acto de la comunicación. El acto expuesto e histérico de un blog, por cierto, pero también las pautas offline.

En esto último, Joven… hace harto con poco: un sermón en un templo evangélico, al tiempo que asistimos a los desencuentros de la protagonista con su mamá, habla muy fuerte sobre cómo y dónde vive la protagonista. También sobre las presiones sociales e incluso sobre cómo la bloguera ha hecho para que las cosas pasen como si no le pasaran completamente a ella.

Quizá acá estribe el tránsito del “de dónde” al “para qué”. El gurú de guiones Robert McKee, popular entre los nuestros, cita a Aristóteles diciendo que el placer profundo de asistir a una obra es aprender: de la naturaleza humana, de las relaciones, de la sociedad. No hay que seguir gurúes para comulgar con esto. Menos para entender el sentido de propósito detrás de toda película que lo valga.