Independencia

En su libro sobre el cine independiente en EEUU, desde los tiempos de Thomas Alva Edison y David Griffith -y no solo sobre la movida empujada desde los 80 por el festival Sundance y otros agentes-, Yannis Tzioumakis constata que “American independent cinema ha sido siempre un concepto notoriamente difícil de definir”.

Afirma el autor que esa expresión se asocia a “proyectos de bajo presupuesto ejecutados (mayoritariamente) por realizadores jóvenes con una marcada visión personal, alejados de la influencia y las presiones de los grandes conglomerados que controlan la industria”. Y agrega que, sin embargo, esta definición “ideal” no es la que aplica la propia industria o medios como Variety y Screen International, revista que en 2002 puso la primera entrega de El señor de los anillos a la cabeza de un top 20 de las películas independientes de todos los tiempos. En este caso, el criterio es que estén producidas y/o distribuidas por indies como New Line Cinema o Miramax, que a su vez pasaron a conocerse como mini-majors.

Súmense los fetichismos y prejuicios del caso, y entonces “independiente” significa y sugiere tanto que al final nos quedamos con muy poco. Así y todo, subsiste la caricatura del término: la del tipo arriesgado que anda por la suya y desafía los finales felices. Que clava su bandera en nuevos territorios y adhiere a una singular moral de la pobreza, acaso rezándole cada noche a un santito de John Cassavetes. Eso, aunque una y otra vez haya que recordar que la no dependencia, si tal cosa existe, no es garantía de nada, y que un porcentaje abrumador de las más notables películas hechas en EEUU han sido obra de discretos empleados de los estudios, cuando no de productores inspirados.

Pero lo que acá interesa, a raíz del estreno local de Lazos de sangre, es el indie como etiqueta industrial que facilita la circulación de material sin cartel previo, gracias a un conjunto de organizaciones, productoras, canales de TV, certámenes y premiaciones. Eso, y el gran servicio que tal circuito puede llegar a prestar a una cinta como la mencionada.

A fines de febrero pasado, el segundo largometraje de Debra Granik (Winter’s bone en el original) estuvo nominado en siete categorías de los Independent Spirit Awards y en cuatro de los Oscar, incluida mejor película en ambos casos. No se llevó ni un solo galardón, pero ya estaba consagrada: un año antes había ganado el premio mayor en el Festival de Sundance y ahí arrancó el fenómeno.

¿Qué se puede inferir de eso? ¿Que el invento de Robert Redford aún la lleva? Hay muchas variables en juego como para responder en una palabra pero es un hecho que Sundance sigue siendo una vitrina irreemplazable. Y que, aparte de darle un histórico empujón a La nana en 2009, sigue moldeando lo que entendemos por cine independiente. Sea en años gloriosos como 1985 (cuando Simplemente sangre ganó el premio principal, seguido por Extraños en el paraíso) o en 2005, cuando la notable Historias de familia, de Noah Baumbach, se quedó sin el máximo galardón, arrebatado por Forty shades of blue.

Cierto es que da premios a la originalidad como quien da premios de consuelo y que infla pequeñeces miserables como la de Precious

(2009). Más allá de esto, sin embargo, ya en 2004 Sundance había entregado a Down to the bone, el debut de Debra Granik, el premio a mejor dirección y mejor actuación femenina. Con ello bendijo un cine inquieto y a ras de piso, acaso feminista y sucio, que no se ve todos los días y que menos se vería de no ser por esta exposición.

Seis años pasaron para que Granik volviera con Lazos de sangre, con más recursos y más exquisitez técnica, pero con la misma convicción y empuje. A encontrarse con una América profunda y endogámica, en pugna permanente con las pautas de la civilización, a través de un thriller inhabitual que nos oculta un rostro y por esta vía nos conduce al misterio. Entendiendo, finalmente, que ser independiente tiene tanto o menos que ver con el dinero que con abrir mundos al espectador. He aquí una cinta que no presume de indie, sino que se dedica a extraer los frutos más nobles del manoseado adjetivo.