Humor y amor

Hace 36 años, el prolífico cineasta soviético Eldar Ryazanov estrenó Ironías del destino, sobre un moscovita soltero y nerd que acaba de proponer matrimonio a su polola cuando el destino lo lleva a descubrir el amor en el mismo número de la misma calle en que vive, pero en Leningrado. El telefilme de tres horas es ya un clásico navideño en Rusia, tal como Qué bello es vivir lo es en la TV gringa. Por tierna, entrañable o graciosa, ellos sabrán, los rusos adoptaron la cinta de largos planos circulares de personas que se miran y se sonríen, también de sensibles canciones guitarra en mano. Es lo que pasa con las comedias románticas cuando tocan al espectador, cuando éste se ve o se intuye en la pantalla: no hay más que hacer.

Por eso, el género pervivirá, para mejor o peor, enchulado hasta lo irreconocible o, si hay suerte, bien ajustado a los tiempos que corren. Porque la comedia siempre es contemporánea, aun la de época. Y porque eso explica que clásicos minimizados como Al servicio de las damas y La terrible verdad, o la modélica Sucedió una noche, mantengan su encanto a casi 80 años de estrenadas.

Esta semana hay dos exponentes en cartelera: Amigos con beneficios (título spanglish para “amigos con ventaja”) y Qué pena tu boda, continuación de Qué pena tu vida, la ficción chilena más vista de 2010. Ambas con la brújula clara y provistas de los cortapalos requeridos, ambas con machos intimidados por el compromiso y la responsabilidad, así como por chicas jugadas y vulnerables. Ambas con una cierta idea de lo actual como sinónimo de autoconciencia post-adolescente anclada en el hedonismo hi-tech y el branding globalizante. Ambas buscando la singularidad en medio de los clichés de rigor.

Protagonizada por Justin Timberlake y Mila Kunis, Amigos… comienza invadida por el tic de la referencia a íconos varios, incluida la historia del género (“esto suena a una película de Nora Ephron”, comenta un personaje, a lo cual se suman los guiños a Mujer bonita y a Bob, Carol, Ted y Alice). Esto amenaza con hacernos olvidar lo que es de cada quien y a quedarnos con esa lógica en que cada uno interpreta sus propias acciones y gestos en función de acciones y gestos culturalmente validados, ojalá con meditadas frases para la ocasión. Pero llegado cierto punto, la cinta se toma en serio su propia complejidad y deja andar un poco a sus personajes. Y al final, una película que mayormente transcurre en una ciudad tan icónica como Nueva York, elige un espacio tan cliché como la Central Station para reforzar un sentido “integrador social” a través de un flash mob musical. Algo para recordar.

Qué pena tu boda también quiere cerrar el boliche con una vuelta populista: con el Mueve mueve de Juan Antonio Labra comprometiendo a la mitad del elenco en un baile coreografiado. Y, adicionalmente, se prodiga en detalles evocativos de corte chileno/unitario, asociados casi siempre al episodio de los 33 de Atacama, que de paso alimenta el humor sexual del argumento vía taladros, minas y perforaciones. Pero, con todo, no mueve significativamente el eje ni el punto de vista del loser ABC1, del patán pollerudo, del publishista llevado por las circunstancias y encarnado por Ariel Levy, quien podría o no seguir siendo el alter ego del guionista y director Nicolás López.

Con oficio y disciplina, López hace la pega, como la primera vez, pero ahora con las necesarias recurrencias de una franquicia, donde la caricatura y el gag de 20 segundos están arriba y abajo. Donde tiende a olvidarse que en el amor y en el humor todo vale (que el jefe del protagonista sea un pedófilo sonriente, sin embargo, difícilmente será cómico). Donde un buen ensamblaje de secundarios aporta, pero no resuelve, por más que Paz Bascuñán resulte delirante al hablar en cuico con un pene de juguete sobre la cabeza.

Columnista, realizador y empresario desde chico, López, que pone su dirección de Twitter junto al nombre de la película, se ha arranchado con una serie fílmica y posiblemente hará una tercera parte. Y si la hace, no habrá necesariamente interés en reparar lo que no se ha descompuesto. Aunque nunca se sabe. Es como riman humor y amor en tiempos franquiciados.