El rollo del arte

Para comenzar, una duda razonable: ¿Es Exit through the gift shop un documental o más bien una tomadura de pelo (si es que no ambas cosas)? La cinta, que circula aquí en DVD tras presentarse este año en Sundance y Berlín, lleva la firma de Banksy, el famoso artista callejero y comentarista social de quien se ignora hasta el verdadero nombre. Y eso ya da margen a las suspicacias.

Para todos los efectos, la película es un entretenimiento eficaz que echamano a los recursos televisivos y fílmicos para contar una historia difícil de creer. Pero no es la historia de esplendor y miserias de este nativo de Bristol que ha pintado en el muro de Gaza, ha colgado a la mala sus propias obras en museos de renombre y que ha vendido cuadros a Brad Pitt y Angelina Jolie…

Es cierto que Exit… (título traducible como “Salida por la tienda de regalos”) incorpora testimonios del propio Banksy, con la cara borrada y la voz distorsionada, pero lo suyo versa sobre un francés caricaturesco que vendía ropa en Los Angeles, que iba a hacer una película sobre Banksy y otros personajes del street art, y que terminó convertido en un Warhol de nuestros días. Y por esta senda, la película es una retorcida meditación acerca de la celebridad y del arte, de la trascendencia y la fugacidad.

Aunque se nos dice que no era la idea en un principio, la cinta gira en torno a un tal Thierry Guetta. Nos lo retrata como un francés radicado en California que desde joven registró en video la mayor parte de lo que hacía y vivía. Este hábito tuvo un giro crucial en 1999 cuando, de vacaciones en Francia, descubrió el trabajo de un primo que pegaba en la vía pública mosaicos cuya naturaleza justificaban su apodo: “Space Invader”. Entusiasmado, Guetta empezó a grabar en distintas ciudades el trabajo de notorios o anónimos personajes, varios de los cuales trabajaban contrarreloj en fachadas o paredes desiertas, usando normalmente y para mayor rapidez la técnica del esténcil, provistos de una plantilla con un dibujo recortado.

Puro y simple vandalismo para las autoridades comunales de distintas latitudes, el grafiti puede no pasar de ser una marcación de territorio tanto o menos noble que la de los perros vagabundos. Pero en sus más logradas expresiones llega a ser un espectáculo ciudadano digno de admiración, incluida la de los coleccionistas. He ahí el subtexto de la película, que se obsesiona con su protagonista, a la vez obsesionado con conocer al ya celebérrimo Banksy. Y cuando esto último finalmente pasa y ambos recorren el mundo, se supone que Guetta hará un documental. De hecho, termina montando uno y se lo muestra a Banksy, quien advierte en ese momento que Thierry no era un cineasta, sino “un tipo con problemas mentales que casualmente tenía una cámara”. Y lo insta a convertirse en artista, cosa que este último hace, al punto de volverse una especie de ícono llamado Mr. Brainwash, que vendió más de US$ 1millón en su primera exposición e ilustró la portada del último CD compilatorio de Madonna. ¿Es posible que Banksy le haya metido el dedo en la boca amedio mundo, inventándose un geniecillo para denunciar la frivolidad y el vacío contemporáneos? Completamente, y basta leer una entrevista con Mr. Brainwash publicada en abril por la revista New York para acrecentar las dudas. Pero el gesto subversivo y efímero de su propuesta no hace sino visibilizarse con más fuerza: he aquí un nuevo insumo para viejos debates y, por cierto, una instancia legitimadora que se suma a las provistas por críticos, galeristas y simples observadores.

A eso le doy vueltas cuando veo, en la esquina de Grajales con Ejército, a pasos de la 5 Sur, el esténcil de una niña que habla por teléfono mientras su auricular se conecta, vía spray amarillo, con un cablerío allí dispuesto. Algún Banksy local se despachó esta obra y algún otro debería grabarla. Antes que la borren.