El regreso del señor K

Pasó en 1999, tras la muerte de Stanley Kubrick y antes del estreno de su película póstuma, Ojos bien cerrados. En el lobby del Alameda, a la espera de una función de prensa, me topé con un crítico, bastante mayor que yo, que andaba particularmente mosqueado: a diferencia de lo que pasaba en Europa, no había en Chile mucho homenaje a la altura de las circunstancias. “¡País de mierda!”, exclamó tras exponer su punto.

Cuesta calibrar hoy el impacto que en su minuto tuvo Kubrick a través de 2001. Odisea del espacio (1968). Y de La naranja mecánica (1971), cuyo cuadragésimo aniversario incluyó una reposición en Cannes y una reedición digital. Más palpable es la admiración que profesaban y profesan fans como el del párrafo anterior. O como Martin Scorsese, quien tras su partida se declaró convencido de que es “uno de los pocos maestros modernos verdaderos”, y de que “con cada filme se redefinía y redefinía el cine y la extensión de sus posibilidades”.

Para devotos, conversos, renegados y legos, Stanley Kubrick tiene siempre algo que ofrecer. Y da la impresión de que los meses que corren son especialmente fértiles al respecto.

Por de pronto está la mencionada Naranja mecánica. La adaptación de la novela de Anthony Burgués sobre Alex (Malcolm McDowell), líder de una banda juvenil, amante de Beethoven y de la ultraviolencia, dejó huella: junto al Decamerón de Pasolini, es un raro ejemplo de cinta de autor que volvió a la cartelera local pasados ya varios años del estreno. Por estos días, McDowell aparece en entrevistas y reportajes, comentando los alcances del filme, así como su acontecido rodaje, donde casi murió ahogado, según reza el anecdotario.

Valiéndose del comodín del ataque al conductismo de una sociedad futura, Kubrick hizo una película ocurrente y única, que de seguro aún hoy se usa en las aulas universitarias para ejemplificar quién sabe qué. Pero, con todos sus oropeles, sigue buscando la identificación con un violador/torturador que debe hacérsenos simpático o resultar cool por razones poco defendibles. Hijo de la exterioridad y del formalismo kubrickianos, Alex recuerda una sentencia de Godard al celebrar los méritos de Lolita (1963): “prueba que Kubrick no debe abandonar el cine, siempre y cuando filme personajes que existan”.

Otro ítem que circula es el guión de Kubrick para una biopic de Napoleón. La han llamado “la mayor película que nunca se hizo” y así le pusieron en Taschen a un libro de dimensiones épicas lanzado en 2009. Unas 15 mil fotos de locaciones y unas 17 mil imágenes del emperador fueron parte del material que el realizador acumuló para el proyecto. Y las notas de producción son elocuentes: un filme de tres horas, un rodaje de 150 días en Italia y Yugoslavia, y escenas de batallas con hasta 15 mil extras. Estos últimos, dice Kubrick a los eventuales inversionistas, pueden ser provistos por Rumania a dos dólares c/u, 10 veces menos que franceses o españoles. Pero nadie permitió concretar el sueño.

Como revancha, el realizador ambientó en las guerras napoleónicas uno de sus filmes más notables: Barry Lyndon (1975) no sólo seduce por arte y fotografía, cosa normal en Kubrick, sino que ofrece tonos y atmósferas inéditos, un protagonista ambiguo y un relato que perturba.

El último Kubrick que regresa es uno muy joven. Disponible en el sitio Flavorwire.com hay una galería de imágenes de Chicago en 1949, captadas en estilizado blanco y negro por el futuro realizador. Con 21 años, si los había cumplido, armó una serie para la revista Look, dando muestras de sobresaliente intuición estética y olfato periodístico: mientras en una calle céntrica el pavimento mojado multiplica las fuentes de luz para recrear un ambiente de cine negro, las imágenes de un restorán nada barato pueden cotejarse con las de un matadero. El hombre tenía un ojo privilegiado y nunca lo perdió.