El mundo perdido de Visconti: El Gatopardo (1963)

Para el estreno de La Edad de la Inocencia (1993), un crítico local observó que, en su intento de recrear el mundo acomodado de la Nueva York decimonónica, Martin Scorsese se comportaba como un nuevo rico, supliendo con ostentación la falta de gusto y de conocimientos sobre un mundo que le era ajeno. Muy distinto, anotaba, es lo que demostraba Luchino Visconti en El Gatopardo (1963). El propio Scorsese, en el documental Mi Viaje a Italia, empatiza con los sicilianos miserables que exhibía el cine peninsular (tan pobres como sus padres inmigrantes) y se saca el sombrero ante el rancio aristócrata milanés.

Visconti, noble que abrazó el marxismo, fue un neorrealista antes de que el término se usara y, cuando éste ya era una moda, usó recursos del mismo para ir más allá. En ese espíritu se inserta El Gatopardo, formidable adaptación de la novela homónima de Giuseppe di Lampedusa, rescatado en un pack digital de The Criterion Collection. Con un elenco multinacional que caracterizó a tantas producciones europeas de los ’60 –muchas de las cuales aún yacen en el infierno de las películas-, la cinta tiene una versión de tres horas en italiano y otra, 20 minutos más corta, en inglés, figurando ambas en el DVD.

1860. Giuseppe Garibaldi y sus camisas rojas llegan a Sicilia -hasta entonces patrimonio de la dinastía borbónica- para integrarla a la República de Italia. El Principe Fabrizio Salina (notablemente encarnado por Burt Lancaster) es testigo impasible, “observando la ruina de su clase”, anota Lampedusa, “sin siquiera desear hacer el menor intento de salvarla”. Instruido y refinado, ve a  su sobrino Tancredi (Alain Delon) adecuarse al nuevo cuadro y expresarlo en su famosa frase sobre cambiar las cosas para que sigan iguales. Eso, aparte de su compromiso con una hermosa plebeya (Claudia Cardinale).

El padre de la joven representa la vulgaridad y arribismo que parecen imponerse. He ahí un tema de la película, así como el destino de una revolución que derivó en pactos acomodaticios. Pero una cosa es describir intrigas y otra ver cómo Visconti consigue recrear un universo.

Amante de la ópera y –como Rossellini- auténtico historiador audiovisual, el director llena la pantalla con la opulencia de palacios y villas (reales, no de estudio). Y, mejor aún, tiene la audacia de ofrecer al espectador una experiencia inédita. Así, cuando Fabrizio y los suyos llegan al pueblo donde vacacionan, se toma todo el tiempo del mundo para mostrar la imaginería de la iglesia donde llegan a rezar, la parsimonia del rito y los rostros de estos aristócratas que, empolvados tras el viaje, semejan fantasmas.

Ganadora de la Palma de Oro en Cannes -y fracaso comercial en EE.UU.-, El Gatopardo es una joya de superproducción donde los escenarios son personajes reales y la nostalgia toma cuerpo en Fabrizio, alter ego de un director que no sólo adhiere a un credo. También describe escrupulosamente un mundo que se fue y que fue el suyo.


El Gatopardo, 1963.
Dirección: Luchino Visconti.
Con: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale.

Bonos: El disco 2 incluye, entre otros, un documental sobre el filme y una entrevista con el productor Goffredo Lombardo.