Diálogo con el pasado

“-Se suicidó. -Lo mataron. -Se suicidó.-Lo mataron, Mario”. Es el 12 de septiembre de 1973 y dos funcionarios del Servicio Médico Legal (Amparo Noguera y Alfredo Castro) discuten parcamente sobre la muerte de Salvador Allende, en cuya autopsia tomaron parte el día anterior. Mario, visto de perfil y como conminando a su interlocutora a aceptar los hechos, arrastra las palabras sin apurarlas. Sandra, que no comparte el mismo plano, aparece de frente, los ojos empequeñecidos por el cansancio y acaso por el llanto, planteando su punto con tanta o más convicción. La llegada de un militar (Marcial Tagle) pone fin a un intercambio que contra todo lo que la pantalla ha mostrado o evocado acerca del líder socialista, instala la duda sobre las circunstancias de su fallecimiento.

Para alivio de todo quien considere que en el cine la historia es apenas telón de fondo cuando no herramienta de falsificación, este pasaje de Post mortem (2010) corresponde a la imaginación del director/guionista Pablo Larraín y no consta en archivo alguno. Al mismo tiempo, sin embargo, los datos de la autopsia que entrega la película se apegan rigurosamente al documento redactado y firmado el mismo Once por los médicos José Luis Vásquez y Tomás Tobar. ¿En qué quedamos?

“Aceptar el cine, en especial las películas dramáticas, como capaces de comunicar un tipo serio de historia (con “h” mayúscula) va contra casi todo lo que hemos aprendido desde nuestros primeros días de colegio”, constata el historiador Robert Rosenstone, autor de El pasado en imágenes. Rosenstone es de quienes consideran que cierto territorio del cine ha desarrollado una escritura alternativa a la historiográfica y una reconstrucción empática de lo que ya fue, proveyendo sentidos posibles allí donde tanto material que pasa por histórico se ha limitado a acumular datos o a orquestar narrativas con pretensiones de objetividad. Eso, sin perjuicio de que en todos los casos, incluido el del cine documental, la dimensión mítica pueda devorarse al resto.

Entonces, cuando los cuestionamientos a la autopsia de 1973 han alcanzado la esfera pública, cuando se ha exhumado judicialmente el cadáver del ex Presidente y cuando una emisión de Informe Especial a este respecto lleva por título La duda, vale preguntarse por el aporte que una película puede hacer al diálogo con el pasado (y con el presente).

Post mórtem, que lateralmente muestra el cráneo destrozado de Allende sin perder la calma, hace lo suyo. En el análisis tanatológico la duda se afirma en las fuentes disponibles: “El disparo ha podido ser hecho por la propia persona”, dice el médico encarnado por Jaime Vadell, reproduciendo letra por letra lo anotado por los doctores Vásquez y Tobar. Al mismo tiempo, y en otro plano, la atmósfera sepulcral del filme habla muy fuerte sobre los instintos de supervivencia tras el golpe.

La cinta de Larraín, puestos entre paréntesis sus logros narrativos y estéticos, “ataca” un período, conjetura sobre ciertos hechos, alienta problematizaciones varias y agrega insumos a las múltiples muertes de un personaje y a las variadas formas de inscribirlo en la memoria.

Ejemplos adicionales hay en la ficción, pero no de Allende como puro cadáver, sino como soldado de la revolución. Helvio Soto realizó en caliente Llueve sobre Santiago (1975), producción franco-búlgara que muestra al mandatario fusil en mano y pañoleta en el rostro, disparando hacia el exterior de La Moneda; informando a los suyos que se viene un bombardeo y estelarizando una muerte operática en cámara lenta, mientras se escucha el célebre discurso final vía Radio Magallanes.

Miguel Littin, por último, presentó en 2009 Dawson. Isla 10. El protagonista es Sergio Bitar (Benjamín Vicuña) y el tono general nace de ciertas premisas humanitaristas, conciliadoras y hasta negadoras que van vertebrando el drama. Pero dentro de la película se construye otra en blanco y negro, donde Allende dispara incansable hasta que lo acribillan. Queda claro, llegados a este punto, que la épica estaba en otro lado y que el motor dramático no era el que nos dijeron. También que entre sembrar inquietudes y cincelar figuras heroicas hay mundos de distancia y que entender eso puede darle impulso y valor a una escritura audiovisual de la historia.