De príncipes y princesas

Dos jóvenes -un hombre y una mujer- y un señor de más edad ocupan una especie de estudio junto a un cine abandonado, donde discuten acerca de las historias animadas que van a inventar. No vemos ni veremos detalles de sus rostros, sólo sus contornos: son siluetas negras que se convierten en otras siluetas negras que participarán en aventuras y desventuras de formato breve. Historias con príncipes y princesas, con personajes infames y otros muy generosos, ambientadas en Japón y el antiguo Egipto, también en otros momentos y lugares.

Por si quedara alguna duda, esta película de aire ascético, trazos delicados y colores cautivantes, no se parece en absoluto a los “monitos” que pueblan la cartelera o inundan los escaparates. Se llama Princes et princesses (2000), y es el largo animado que Michel Ocelot hizo en medio de Kirikou y la hechicera (1998) y Kirikou y las bestias salvajes (2005), sus creaciones más conocidas. Se exhibió la semana pasada y se repite el próximo jueves en el Festival de Animación del Centro de Extensión UC.

La sola incorporación de Princes… en la señalada muestra califica como un pequeño acontecimiento, aun si a los niños a quienes primordialmente se dirige tal vez se les haga difícil leer los subtítulos. Pero para todos los efectos, y como ya ha advertido el realizador, sus filmes son caballos de Troya para entrar en el corazón de los adultos.

Michel Ocelot puede ser emparentado con viejas y nuevas glorias de la animación francesa, de Paul Grimault (El rey y el ruiseñor) a René Laloux (El planeta salvaje) y Sylvain Chomet (El ilusionista, presente también en el certamen de la UC). Pero esa cercanía es relativa y mejor es atender al singular recorrido biográfico y profesional de un creador que debutó a los 55 años y que hoy encarna un cine multicultural que funde modernidad y tradición.

Nacido en 1943 en la Costa Azul, Ocelot vivió su infancia en Guinea y, si bien estudió artes decorativas en Francia y Estados Unidos, en lo que toca a la animación es un autodidacta que aprendió la técnica del stop motion con un libro del tipo “Hágalo usted mismo”. Hizo con sus amigos cortos colectivos durante los veranos y desde entonces le tomó el gusto a trabajar con técnicas muy diferentes y heterodoxas.

Su primer corto individual producido profesionalmente puede verse en YouTube. Les trois inventeurs (1979) ocupa una técnica simple y trabajosa: con siluetas de papel cuenta la historia de un papá, una mamá y la hija de ambos, gente inventiva y creadora que se ve enfrentada a la incomprensión de un medio social que los termina linchando.

“Uso a mi manera las ideas de todo el mundo”, ha dicho Ocelot, autor también de un llamativo videoclip de Björk (Earth intruders). El realizador se ve a sí mismo como un juglar de los nuevos tiempos y bebe de tradiciones orales, escritas y gráficas muy diversas. Su cine puede anotarse un taquillazo con películas 2D ambientadas en una aldea africana, pero también usa el 3D para una cinta parcialmente hablada en árabe (Azur y Asmar) que habla de tolerancia, entre otras cosas. Sea que se le piense sólo para niños, o bien para un público adulto con ánimo más transgresor, la animación puede ser el hogar de productos bellamente ejecutados, aunque también de ingenuos y poco sutiles “mensajes”. Lo primero es evidente con Ocelot y con lo segundo se podría quizá montar un caso. Pero nadie que se haya paseado por su filmografía dirá que ha quedado indemne o que ha visto lo mismo en otra parte. Y hay pocas cosas más gratificantes que esa.