Contacto con Francia

Pasó en el baño del cine Velarde, la tarde del 25 de diciembre de 1969. Ahí estaba Aldo Francia, menos atento al espíritu navideño que a la reacción del público porteño en el día de estreno comercial de su primer largometraje, Valparaíso, mi amor. En eso estaba cuando un señor llegó al toilette, dirigiéndole la palabra sin mirarlo. Y sin saber quién era. “¿Quién habrá sido el huevón que dirigió esta cagada?”, fue todo lo que preguntó.

Dos décadas más tarde, Francia empatizaría con el rabioso espectador que había desertado temprano de la sala: “Tenía razón. El pobre esperaba una serie de lindas postales de su amado puerto y le salieron una serie de vistas que sólo mostraban las miserias de la ciudad”.

Ahora, el Valparaíso de este pediatra se anota un regreso: la Cineteca Nacional presenta Antología de Aldo Francia. Una caja digital, acompañada de un librito de 40 páginas, que no sólo hace justicia a un realizador que con dos largometrajes es un indispensable del cine chileno. También da contexto, aporta perspectiva y alienta la reflexión. En el box están sus largos (Valparaíso… y Ya no basta con rezar, de 1972) y una serie de cortos en 8 y 16 mm que nos acercan a un famoso desconocido.

Mónica Villarroel, editora de la antología, cuenta que todo partió en marzo de 2008, cuando Pablo Francia, nieto del realizador, impulsó el depósito en la Cineteca Nacional del material que de éste conservaba su viuda: 21 rollos en 8 mm y uno en 16, así como Ya no basta… en 35 mm. A partir de ahí fue el padre de Pablo, Claudio Francia, quien empujó el proyecto de difundir el material. Así se gestó una especie de Pequeño Francia Ilustrado.

Hijo de piamonteses que se movían entre Europa y Valparaíso, Aldo Francia nació en el Puerto, en 1923. Se tituló de médico en 1949 y optó por la pediatría, actividad que nunca abandonó. Sin embargo, dice que tras ver en Europa El ladrón de bicicletas, decidió volcarse al cine. Compró entonces una cámara de 8 mm y con ella grabó cortos que, sin perder el espíritu de una home movie, aportaban mirada: el Carnaval de Río en su dimensión más auténtica y callejera quedó plasmado en 1960, mientras al año siguiente una sinfonía de paraguas parisinos pobló Lluvia en el Barrio Latino. Luego vino la cámara y una ficción 100% porteña y nada convencional, La escala (1963), cuyos protagonistas son los 123 escalones de la escala Santa Justina del cerro Larraín.

Al tiempo que rodaba y trataba enfermos, creaba en 1962 el Cine Club de Viña, semilla de un festival clave de los 60, en la misma ciudad, así como de la sede porteña de la Escuela de Cine de la U. de Chile. “Como agitador cinematográfico, como activista de la causa del cine, como profesor de percepción fílmica, no ha habido ni habrá otro igual”, anotó un crítico que lo conoció de cerca.

El festival que él mismo impulsó tuvo el 69 su momento estelar y el arranque le correspondió a Valparaíso…, que se acompañó de Tres tristes tigres, de Raúl Ruiz, y El Chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin, para articular la incombustible trinidad del Nuevo Cine chileno. La película, que apenas mostraba el mar y que tributó con personalidad al neorrealismo italiano, se ve hoy tan fresca como implacable, aunque no faltara en su minuto quien la tratara de políticamente “blanda”. Como contrapartida a color, Ya no basta… resulta más esquemática y fechada. Sin embargo, la cinta donde Francia quiso abuenar a Dios con el marxismo asoma rigurosa en su retrablo social, un lujo a la hora de asomarse a una época y un lugar precisos. Y su arranque, con las casas de los cerros exhibidas al son de la Missa del compositor renacentista Pierre de Manchicourt, es de una belleza que asombra y descoloca.

Aldo Francia murió en 1996. Y aunque proyectos hubo, no volvió a hacer una película. Lo que quedó no fue mucho, pero es más de lo que parece.